Pequeño cuento sobre el poder


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Era la época en la que se había anunciado el cambio. En aquel lugar sin nombre por aquel tiempo, su gobernante de turno anunciaba tiempos de cambio; coincidentemente, los habitantes originarios de dicho sitio anunciaron el fin de un ciclo largo y la oportunidad para renovar la energía como pueblo. El gobierno quiso aprovechar la fecha única de ese calendario excepcional e implementó sendos actos de parafernalia y desatino cultural, la vergüenza fue nacional e internacional.

Julio Donis


Cuando se tiene el poder total, les decía una autoridad ancestral a sus vecinos, se olvida el hecho que compartimos la naturaleza y sus riquezas con las demás expresiones de vida. El poderoso ha perdido de hecho el “poder” desde el momento que lo asumió. Por aquel tiempo, el mundo se preparaba para asumir  varios años de complejas fluctuaciones de lo cotidiano y lo estructural.  Eso era porque el sistema del capital iniciaba la parte más escabrosa de su crisis final. El mañana se hacía tan incierto que se generaba angustia global y las personas trivializaban la vida misma. En aquel mismo y pequeñísimo lugar sin nombre, ese pedacito de tierra sin importancia aparente, sus habitantes que estaban divididos en aspiraciones, eran inocentes de las grandes pugnas por el poder que se suscitaban en la sombra cómoda de la impunidad complaciente, y la tendenciosa complicidad de terceros. Esas luchas poderosas cual batallas acérrimas eran descomunales, se jugaban grandes tesoros; por su puesto ya no eran las riquezas de otrora, esas ya tenían dueño, esas fueron el primer botín, fueron las expropiaciones que fundaron el capital oligárquico de aquel lugar. En aquel presente que ahora es pasado, estaban en juego erarios que implicaban lucrativas concesiones para el usufructo de las nuevas vetas de acumulación. Los gigantes que peleaban mega capitales eran de distinta estirpe eran realmente enanos, pero en general había tres grupos. Los más hábiles eran los que habían formado su fortuna a costa del acaparamiento de los contratos con el Estado de ese lugar sin nombre. El Estado claro, era poseído como un botín. Por mucho tiempo esas transacciones fueron formas fáciles de canalizar fondos de manera expedita y a la vez imponer influencia en la esfera de las altas decisiones políticas. Era una forma muy lucrativa porque no solo se ganaba dinero, sino compromisos con representantes estatales. La relación llegó a ser tan promiscua entre contratistas y Estado, que la corrupción en el lugar sin nombre nunca tuvo precedentes como en esa época. El otro grupo lo constituían los oligarcas, los que había hecho riqueza originaria, su capital era mustio y monopólico, ellos eran torpes y lentos para moverse, pues sus propios valores los inmovilizaba ante una realidad cambiante. El tercer grupo era el más rico, era inimaginable el margen de sus ganancias, era un grupo oscuro que hacía negocios con el segundo y el primero y con cualquiera, era un depredador. Con el tiempo, el segundo grupo evolucionó y empezó a disputar terreno al primero, supo adaptarse mejor a las condiciones, supo leer las debilidades y las grietas del sistema, el cual aprovechó muy bien. Por ejemplo, para  asegurar el entramado jurídico que favoreciera determinadas concesiones, eran capaces de financiar a aliados y a oponentes en la esfera de las decisiones políticas. En este escenario el sistema político de la democracia era una ilusión y una ingenuidad completa, era una parodia permanente. Los primeros empezaron a reaccionar tarde y el reclamo de derecho fue por la fuerza. Mientras eso sucedía, el líder de aquel lugar sin nombre gritaba, “son tiempos de cambio”, pero nadie escuchaba.  Uno del primer grupo pensaba evocando a Borges “con el tiempo mereceremos no tener gobiernos”.