A diferencia de un corte histórico o un abordaje de la estructura de este país, conviene a veces deleitarse, sorprenderse y detenerse un momento para observar la fotografía más reciente de la familia guatemalteca, e identificar cuánto hemos crecido, quiénes ya no están en la foto, cómo le creció el pelo a fulano o cómo se enflaqueció mengano.
Analizar la coyuntura de este país requiere de un esfuerzo de gran síntesis porque la dinámica social y política tiene tal ritmo que lo que pasó la semana pasada hoy se ha olvidado, para dar paso a la noticia del día o los nuevos titulares, o a las fotografías de tal o cual acontecimiento violento, corrupto o catastrófico. Ilustrado de esa forma, los sucesos de Guatemala no permiten ser asimilados, sino sólo acumulados en un inconsciente político si lo vemos como colectivo social, y de manera individual, en una pesada carga imaginaria en forma de angustia que nos recuerda todos los días que afuera es peligroso e incierto.
Esto tiene que ver además con la velocidad a la que suceden las cosas hoy día, que no es la misma de aquellas tardes en las cuales los padres de la generación que es senil hoy día, esperaban el editorial de La Hora para saber qué estaba sucediendo. Observarse en el presente tiene la ventaja de ver lo más reciente, pero obligado es abstraerse a sí mismo y al entorno, en medio de una complejidad histórica de tiempo que recuerde las estructurales causas de nuestras felicidades o de nuestros peores males como sociedad.
Delimitada la explicación de coyuntura, paso al pequeño análisis que será de ese tamaño no sólo por el espacio sino por la bondad de la síntesis. Los barcos de la gestión gubernamental del ejecutivo parecen decididos, a pesar del entorno a navegar por la cohesión social, que a través de su programa insignia transfiere expeditamente cuotas para mitigar la necesidad, pero enfrentan la complejidad de lo que implica la condicionalidad de esa transferencia. Se suman detalles como la inexorable realidad una generación de niños que será desnutrida. No estaban listos los servicios educativos, de salud etc., pero eso no es nuevo y no es culpa del actual gobierno, refiere a un error de diseño de Estado para decirlo simple. Por cierto, los barcos navegarán una ruta que en cuatro años será desechada por una nueva flota.
La violencia e inseguridad socava a tal punto el territorio, que el ciudadano común frunce el alma cada vez que sale a la calle; el poder central está rebasado y las estructuras estatales de justicia han quedado en trapos de cucaracha al señalarse por la CICIG, que en su interior anida el mismísimo fauno del crimen y la impunidad; hecho que solo confirma aquella podredumbre laberíntica que ya suponíamos. En ese marco, la crecida de hechos violentos alrededor del narcotráfico, supone que la geografía nacional es convenientemente vulnerable para alojar a los carteles mexicanos que han sido enfrentados en el norte sin tregua, los carteles locales se resisten pero el poder los zetas es descomunal. En las calles, la cuota de muertos, sean pilotos, mujeres, desconocidos o niños ya no sorprende y no hay pacto nacional o campaña mediática que apañe si no se enfrenta esto con un compromiso de las élites.
Mientras tanto en el Congreso, los diputados aún se resienten por su luchita en un nuevo período legislativo que significó desde oficinas, secretarias, presidencias, hasta la adjudicación de proyectos de infraestructura, empañando de entrada, un necesario proyecto de reforma y modernización parlamentaria que parece impulsar el nuevo Presidente.
La economía empieza a verse desacelerada y vulnerada por el descalabro financiero mundial de gravedad sistémica, con reflejos como la caída de las remesas, o los callados despidos en grandes empresas locales. Mientras tanto los guatemaltecos urbanos de la clase media aspiraban el pasado fin de semana a obtener amor y cariño, consumiendo un sinfín de rosas, globos, cenas, y otras baratijas, como tratando de olvidar por un día, la fotografía en blanco y negro de la realidad guatemalteca.