Penitencia cuaresmal


Explicar de manera racional y coherente el punto de vista de la Iglesia Católica respecto a la pena de muerte significa para el Cardenal Rodolfo Quezada Toruño, Arzobispo Metropolitano de Guatemala, parte de su propia penitencia cuaresmal porque él sabí­a de antemano que sus declaraciones traerí­an reacciones no sólo airadas sino desproporcionadas porque nuestro paí­s ha caí­do tan bajo en el tema de la seguridad ciudadana que la población vive con una natural sed de venganza que espera saciar mediante la aplicación de la pena de muerte.


Discutir sobre bases cientí­ficas y con elementos de prueba sobre la utilidad de la pena de muerte como disuasivo es inútil porque se trata de un debate pasional en el que las razones no tienen la menor importancia. Cifras estadí­sticas de la criminalidad en paí­ses como Canadá y Costa Rica, donde no hay pena de muerte, no causan ningún impacto ni le interesan a quienes claman por la ejecución de los criminales y mejor si es en forma sumaria. En cualquier encuesta que se haga en el paí­s se verá como resultado un sólido y masivo respaldo de la población a la pena de muerte como «solución» al problema de la violencia y, por añadidura, se lanza cualquier clase de improperios contra quienes no comparten ese punto de vista y se les señala de defensores de los criminales.

El prelado de la Iglesia Católica no podí­a callar, según sus palabras, al ver la acción demagógica de quienes ganan simpatí­as con acciones legales que pretenden expeditar la ejecución de los condenados a muerte y la aplicación de la pena capital en forma consistente. Pero él sabí­a, sin duda alguna, que sus palabras provocarí­an un huracán de condena porque hay que reconocer que es tanta la inseguridad y son tantos los que han sido alcanzados por la violencia, que el clamor por la pena de muerte es demasiado alto en el paí­s. Nos atrevemos a pensar que pocos paí­ses del mundo tienen una población tan inclinada al apoyo de ese tipo de castigo como Guatemala y aunque al respecto no existen datos estadí­sticos porque en casi todo el mundo ese debate ya fue superado hace muchos años, es evidente que entre los guatemaltecos se cree, sin lugar a la menor duda, que el mejor disuasivo para el crimen es la existencia del máximo castigo que consiste en la ejecución del delincuente.

Si la ejecución de los criminales realmente tiene ese efecto disuasivo, Guatemala debiera ser uno de los paí­ses más pací­ficos del mundo porque basta ver la lista de las ejecuciones extrajudiciales realizadas en nuestro paí­s en el marco de la limpieza social para darnos cuenta que la sed de sangre de la población ha sido adecuadamente saciada por aquellos que organizan escuadrones de la muerte para ir eliminando selectivamente a delincuentes, entre los que destacan últimamente los pandilleros reconocibles por sus tatuajes.

Se argumenta que la ejecución extrajudicial elimina el efecto disuasivo porque no hay certeza de aplicación de la ley. La verdad es que debiera ser más disuasiva porque no se limita a mandar al otro mundo a autores de crí­menes graves y graví­simos, sino que a cualquiera que sea o parezca delincuente y qué más disuasivo que saber que hay escuadrones de la muerte a la caza de delincuentes. De todos modos, en Guatemala falta todaví­a mucho, con o sin pena de muerte, para que haya certeza de aplicación de la ley, sobre todo porque el sistema de justicia es una calamidad evidente.

Reconocemos que es un debate totalmente apasionado y que al participar del mismo expresando el punto de vista de la Iglesia, el Cardenal empezó a vivir su particular penitencia cuaresmal.