Pelí­cano suicida


La tragedia del pelí­cano. Toda una lucha por la sobrevivencia. Sublime. Rodea el mar buscando su comida. Lo detecta, lo persigue y se suelta del cielo atrapándolo con su pico fulminante. Se zambulle. Al pasar los años, de tanto zambullirse, el pelí­cano se queda ciego. Ya, con un manto oscuro en sus ojos continúa buscando su comida.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

Se deja caer percibiendo el movimiento de los peces o los bultos que apenas distingue. Cualquiera dirí­a que el pelí­cano morirí­a de hambre, pero su lucha incansable y la necesidad de alimentarse le obligan a bajar al mar arriesgándose a chocar con algún obstáculo marino. De pronto llega su dí­a. La marea baja. El pelí­cano vuelve a la carga y, emocionado distingue una masa sólida y se deja caer de picada con la esperanza de llevarse en su pico un enorme pez. Para su desgracia un enorme coral forma la barrera donde embiste y muere.

Galento hizo de esta metáfora una bella canción. A mí­ nomás me recuerda lo ingenuos, pero luchadores que logramos ser. Persistentes, por necesidad. La necesidad de comer. La falta de opciones nos obliga a someternos a una rutina de búsqueda de satisfacer nuestras necesidades. Hastí­o. El tiempo pasa y nos vamos quedando ciegos, se van formando barreras, sin embargo, obligados nos vemos a pelear por conseguir el alimento.

¿Y cuál es resultado de todo esto? Tolerancia, de pronto. Nos convertimos en personas condescendientes y predispuestos al derecho de que cualquiera se ponga ciego, hasta que uno se salta la mediana y mata a nuestra familia, a nuestros amigos, nos deja sin casa, con paranoia y sin vida. Entonces, ¡clac! Pedimos mano dura (o mejor digo mano fuerte para que no se preste a otro tipo de asociaciones) y se aprovechan de ello. Estamos sorteando los corales sin siquiera saber dónde se encuentran. Aceptamos lo que se nos pone enfrente hasta que nos damos el tortazo de cara. Si sobrevivimos, de cualquier manera moriremos de hambre.

Francisco Umbral

Mientras escribí­a estas letras y pensaba sobre el dilema de la muerte, me llegó un flash noticioso al correo electrónico con la noticia de la muerte del escritor Francisco Umbral. Sorpresa. Aunque no habí­a leí­do mucho sobre su trabajo literario, me recordé haber compartido una cena con él y un grupo de periodistas españoles, de manera informal, y sin saber que se trataba del columnista y prolí­fico escritor, me recordé de unas palabras de un colega que me decí­a referente a él: «La muerte siempre tocará la puerta. í‰l, jugando con ella, le abre la ventana y le conversa antes de dejarla pasar». Iba a comentar en una futura columna lo aprendido en esa conversación, sin embargo, la puerta se abrió antes de tiempo.