Payasadas


Los seres humanos somos contradictorios y a menudo acostumbramos más a ver la paja en el ojo ajeno que en el nuestro. Es una propensión natural y quizá incurable que algunos manifiestan más que otros. Digamos que algunos, por pasar desapercibidos y ser menos públicos apenas lo hacen evidente. Pero el mal está ahí­, seguro, latente y muy próximo a hacer su aparición.

Eduardo Blandón

En el caso de los que hacemos periodismo de opinión, el hecho de que se nos miren las alas es más fácil. Ya se sabe, escribimos con frecuencia y con cada palabra revelamos nuestras animadversiones, complejos, malestares, deformaciones académicas, inseguridades y un poco de todo. Por eso quizá es fascinante, cuando el ejercicio se hace de manera digerible, acercarse a uno de los tantos que hacen «strip» semanal o cotidiano y constatar las ideas fijas que atacan a esas almas.

¿No será por esta razón que somos fácilmente clasificables? «Me bastaron leer dos artí­culos tuyos para saber quién eres, de qué mal padeces y de qué pie cojeas», me dijo una persona la semana pasada. Naturalmente, algunos de nuestros artí­culos nos revelan de cuerpo entero y es difí­cil escondernos tratando de parecer distintos a la persona que somos.

Lo tuyo es un trauma constante por temas religiosos, me sentenció un amigo, Dios aparece hasta en la sopa. Y lo tuyo, le dije, es un no acabar por temas ideológicos, que si la izquierda, la Menchú, los mayas, Chávez, la ex guerrilla. «Tenemos que aceptar que quizá tenemos cada uno nuestras obsesiones». Lo mí­o Dios, lo tuyo la izquierda, pero para tranquilidad de los dos, otros tienen obsesión por la derecha, el libre mercado, la libertad individual, la toma de la embajada de España, el sexo, Cuba? Hay un rosario de temas en las que los humanos nos vemos enfrascados y que se vuelven obsesivas en cada uno.

Es casi imposible escaparse de las obsesiones. Algunos, por ejemplo, con tal de aparecer «plurales», «objetivos», «polifacéticos» y muy «ilustrados», hacen mal su tarea tratando de escribir sobre cualquier cosa (para no revelar, quizá, sus ideas fijas). Hablan de la iglesia, para poner un caso, con un desparpajo increí­ble, citan concilios, papas, encí­clicas y hasta temas teológicos con una frescura que deja congelado. Igual, otro dí­a, puede opinar sobre fí­sica cuántica, polí­tica francesa, comida italiana, fútbol americano, cultura egipcia, el tipo es una enciclopedia caminando. Pero lo más interesante es que semejante bicho no tendrí­a ninguna pena de criticar a la iglesia porque opine de minerí­a. ¿Qué sabe la iglesia de minerí­a?, dice el sabio.

Somos contradictorios y nos encanta aparecer como inteligentes, crí­ticos, suspicaces y «cabrones». Pero lo cierto, es que no somos tan gallos como nos esforzamos en aparecer. Con nuestras poses, estoy seguro, no convencemos ni a nuestras esposas que suelen ser más sencillas, pero observadoras, ni a nuestros hijos que son intuitivos y francos a la hora de poner en evidencia nuestras payasadas. Así­ que soseguémonos, no nos tiremos la primera piedra y más bien tengámonos piedad.