Y además paranoide y autocomplaciente. No se pudo la medalla de oro, pero tenemos la de plata; no hemos ido al Mundial de futbol, pero un día lo lograremos; la chica gimnasta ganó en los juegos Panamericanos aunque en los Olímpicos quedó en un “buen lugar”, dictan los medios y el furor patriota en estos días de olimpismo. El canchito del velero quedó “entre los primeros ocho lugares del mundo”.
Ese sentimiento de no se pudo, pero hicimos buen papel encierra una verdad lacerante que no queremos enfrentar; somos una sociedad fracasada y mediocre, con una historia manchada de sangre, empobrecida y burlada por su clase hegemónica que ha desarrollado, ella sí, profundos y altísimos niveles de riqueza para que entre otras argucias, se reprima finamente la conciencia colectiva para aspirar a una ciudadanía de segunda o de tercera, basada en la pretensión por lo privado o lo superfluo al final de la larga cola del consumo. La configuración de la identidad en un país como éste, tiene una relación directa con la debilidad de su Estado, con la precariedad de su economía nacional o con el fracaso de sus élites, en el impulso de un proyecto nacional que debía incluirnos a todos pero que en la práctica ha dejado por fuera a la mayoría en el vagón de la exclusión. Esto ha dado como resultado una identidad que se basa en falsos nacionalismos y pulsiones patrióticas aspiracionales que revelan en el fondo, complejos de inferioridad, baja autoestima nacional e indignidad colectiva. Como la dignidad está mancillada, la ciudadanía de segunda y tercera termina riéndose de sí misma en claras actitudes autodegradantes, sin observar que sus élites capitalizan esa decadencia en forma de consumo masificado de baratijas y de modas. La programación radial en la horas de mayor audiencia ofrece la oportunidad de presenciar este show de la degradación nacional. Taxonomías exhaustivas sobre el ser “muco”; maratones de caridad; o intentos fallidos de ironía que no son más que programas especializados de burla radial en la que el resto del oyentes se divierte escuchando al incauto; homofobia y racismo burlón; es un ejemplo del menú de la banda radial para soportar el tráfico matutino y el vespertino. Y ahí no contabilicé toda la parafernalia radial de radios católicas y evangélicas que colaboran a adormecer la conciencia hasta dejarnos como autómatas anómicos. Es por eso que las pasiones por la selección de futbol nacional transitan desde la ridiculización burlona cuando pierde, hasta la exaltación desbordada cuando saca un segundo lugar de alguna copa. El motivo de orgullo nacional que alimentó durante décadas el triunfo de Mateo Flores, se verá recargado ahora por el de Erick Barrondo. La fiesta de recarga nacionalista ya empezó por aumentar el reconocimiento del Estado a su viejo y empobrecido héroe Mateo; se hizo sendo desfile con la exaltación de los deportistas que regresan de Londres, incluyendo los gestos oportunistas del Gobierno para con las familias de los deportistas. La identidad nacional pues, en un lugar como éste, tiene categoría de conflicto histórico interno irresuelto en el presente. No sabemos qué somos o cómo somos, qué rasgos nos definen y por qué. La Radio Faro en una cápsula cultural indicaba que la identidad del chapín se podía reconocer porque era el que asomaba la cabeza al ver una balacera. La marca Tortrix declara que su labor es resaltar la cultura chapina haciéndonos sentir orgullosos de nuestras costumbres y tradiciones. Me temo que las mayorías han arropado el slogan de yo amo a mi país y me pela, aunque ese país sea enano, pero soñado muy grande como dice Darío.