Con respeto menciono el dicho de: cuando mucho y cuando nada. Referente al accionar del Ministerio de Cultura y Deportes, que tras largos silencios, recién declaró el proceso de elaboración de los ponchos momostecos, patrimonio cultural de la nación. Variación sobre el mismo tema, ahora alcanza mayor cobertura dicha denominación en ese sentido especial.
Aunque la amplia divulgación de los medios de comunicación social dan a conocer estas medidas del gobierno central, no todos los sectores se enteran. Diversas causas resultan coadyuvar acerca del poco interés manifiesto. Situaciones persistentes figuran asimismo, de cara al olvido sobre lo nuestro. Cierto malinchismo, puesto que lo foráneo goza de atención.
Da impresión de una política de puertas abiertas de la cartera, en relación a la espera de más amplitud. Guatemala tiene riqueza cultural digna de enaltecimiento, en el palpitar cotidiano, Una vena visible de matices subyugantes conforma su marco esplendoroso, admirado por quienes apoyan con sus plantas de turistas nuestro territorio nacional, un imán.
Sirve de estímulo y promoción a adquirientes dentro, como fuera del país, en momentos de apremio. Sin embargo, aparte de incentivos al consumismo es importante darles medidas convenientes del ramo impositivo. Los fabricantes de una u otra forma están urgidos de siquiera paliativos fiscales, máxime a estas alturas caracterizadas por crisis generalizada.
La mayor cobertura atinente a la declaratoria de patrimonio cultural de la nación, tampoco basta. También se requiere del análisis, estudio exhaustivo, su proyección y largos etcéteras. Repartir a diestra y siniestra la declaratoria puede caer en menoscabo, como sucedió en el gobierno del expresidente Miguel Ydígoras Fuentes, respecto a la Orden del Quetzal.
En tiempos pasados cuando conocimos la comunidad de Momostenango, las aceras servían en fila india de verdadera exposición, asimismo, inscribía de forma extraordinaria su imagen e identificación. Una artesanía a base principalmente de lana y algunos colorantes impresionantes, además de visos folklóricos, auténticos imantados por transeúntes en general.
Es oportuno destacar el cambio, como quiera que sea. El mundo contemporáneo, junto a la dominante globalización exigen subirse al carro. De consiguiente, el antiguo proceso consistente en un patrimonio lugareño durante toda una vida, hoy en día conforma el paso inmediato a la tecnología, puntal firme y atrayente de primer orden.
Los ponchos momostecos fueron en illo témpore cobertores plurales. Sin discriminación ni racismo sirvieron por igual. Mucha gente, bajo clima frío y húmedo, «con ellos nacieron, con ellos crecieron y con ellos se fueron a la eternidad». Junto al techo, la comida y el trabajo, constituían algo básico y sobremanera por demás indispensable.
A la altura de exigencias fundamentales están urgidos de la transformación de rigor. Las situaciones competitivas necesitan los cambios aludidos Calidad a la cabeza de la materia prima, sin omitir requerimientos mercadológicos, entre ellos: diseños sumamente importantes, y por supuesto despunta la originalidad que no debe jamás descartarse.
Los ponchos momostecos fueron el atractivo y solaz nuestro en la antigua casa solariega familiar. Pese a que el inmueble tiene otros propietarios, las retinas mantienen archivadas, que no tatuadas esas imágenes retozantes en la memoria. Eran posaderos en los amplios corredores, entre su carga devenida del occidente significó gran interés emocional.
Que la declaratoria de mérito represente un mejor destino y anchuroso camino a seguir de tipo comercial. Que los descendientes de los pioneros continúen triunfalistas, conscientes que todo empeño fatigoso no sea causa jamás de desaparecer del tinglado comercial guatemalteco, constitutivo de hecho de la mejor vitrina fascinante al público.