Los hijos de la madre se han pervertido, la familia no se reconoce y tampoco se comprende bien dónde es el origen, los pobres hijos creen que su madre obtuvo la libertad para ellos. Todos somos guatemaltecos, rezan los mensajes en cada esquina o en cada marca, pero se sabe o se intuye que hay una profunda y sutil segregación del otro; la igualdad termina rápidamente donde empieza la propiedad del vecino, somos guatemaltecos pero hay unos más que otros. Todo está edificado sobre una gran impostura, fundada por los próceres que pactaron con el poder ultramarino de la corona, el aseguramiento de un emporio que rebalsaría durante varias generaciones.
El teatro de aquel 21 de septiembre se suscribió bajo el nombre de independencia, se alardeó la libertad como un logro que se obtenía pacíficamente y aquel grupo sellaba de esa manera, el destino de un pueblo que había cambiado de dueño y que sin saberlo estaba predestinado a mil vejámenes. Con el tiempo, la obra de teatro se volvió una leyenda de heroísmo, casi elevada a condición épica, pero no hubo batallas o conflagraciones de donde salieran los titanes. Lo que hubo fue un plan de reparto, un contrato que incluía el aseguramiento de regalías para el que financió la gran empresa colonial y para el colonizador. Los originarios sí libraban una ofensiva épica que era eficazmente reprimida con el filo enajenador de las páginas bíblicas y las espadas metálicas del criollo, y con cierta complicidad del mestizo que quería ser ladino. El mismo pacto ocurrió en otros territorios de la capitanía, embargándose de esa manera cualquier posibilidad de una Centroamérica unitaria o federativa que se consolidara en el tiempo. Así las cosas en un territorio que ha estado sumido en grandes contradicciones sociales y económicas, y embelesado por abrumadores contrastes de su biodiversidad. Lo que siguió después de aquel acto corporativo serían pulsiones de Estado, atisbos de República y mucha pero mucha riqueza para pocos y pobreza y sobrevivencia para muchos. La clave para sostener aquella dramática original que garantizaría el señorío criollo, sería una alianza con el poder de la bota y el control de la educación a través de la iglesia. Los valores que se moldearon siguen siendo de orden autoritario y religioso, los desfiles de jóvenes marchan por la plaza central y le rinden honores a su dios que se resguarda en la catedral así como a su jefe de armada que les saluda por igual, a tropa que a escuelas y colegios, con la mano derecha recta en saludo castrense. Mucha agua ha corrido por el Motagua y por el Suchiate, por el Cahabón y por el Usumacinta, y de potrero nos convertiríamos en una flamante república democrática sostenida de todos modos por equinos, porcinos y vacunos. Los dueños del ganado seguirían intocables, aunque hoy hay vaqueros que le disputan la riqueza a los dueños de la finca. Las cosas no son como antes, mal que bien hay un Estado y hay andamios e instituciones democráticas, incluso las reglas procedimentales funcionan con eficacia, los votos fluyen y cada vez más, pero algo sigue sin funcionar y la percepción se funde con una terrible realidad de asesinatos, de corrupción desbordante, de salarios indignos, de justicia para el que la puede pagar, de impunidad que campea y protege al malhechor, de hambre, de violaciones, de clientelismo y de desnutrición. Miles de niños corrían la tarde del 14 de septiembre detrás de una antorcha que simboliza la libertad, otros vendían banderas pero la mayoría seguramente no sabe y no sabrá la verdad lacerante de la madre que los mató el día que los padres suscribieron el acta de dependencia. Pobre patria tan bella y tan abandonada.