Patadas de ahogado del neoliberalismo


Si la caí­da del muro de Berlí­n marcó el fin de buena parte del mundo comunista, la debacle bursátil también significa el fin de una era, esa en que estudiosos y charlatanes se mezclaron con la intención de convertir al mercado en un nuevo dios al que habí­a que obedecer y respetar, sin intervenir nunca en sus designios. Mientras que el comunismo duró varias décadas, el neoliberalismo ha disfrutado de una vida mucho más breve y feliz.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

El párrafo anterior y otros más que citaré no son de mi cosecha, sino que forman parte de un artí­culo que, con el tí­tulo «El fin del neoliberalismo», publicó a principios de esta semana el periodista Alejandro Armengol, columnista de El Nuevo Herald, de Miami, periódico al que no se le puede tildar de navegar con bandera de izquierda, menos de tinte marxista, como suelen calificar a los crí­ticos del neoliberalismo sus apologistas, que abundan en Guatemala y a los que se les puede ubicar cotidianamente en los diarios de la mañana.

El analista Armengol se refiere a la estrepitosa caí­da de la bolsa de valores de Nueva York y a las tardí­as maniobras del presidente norteamericano George W. Bush en su intento de evitar la debacle: «Bastó que las cosas comenzaran a marchar mal para que los banqueros y quienes los representan en Washington se sintieran obligados a llamar a la caballerí­a al rescate. A la hora de las ganancias hay que respetar al capital privado. Pero al llegar el momento de las pérdidas, ahí­ está el Estado, benefactor de los ricos y corporativos en esencia, para cargar las cuentas sobre las espaldas de los contribuyentes».

Algo que los guatemaltecos hemos padecido con frecuencia. La oligarquí­a guatemalteca y sus defensores mediáticos, es decir, los teóricos neoliberales aborí­genes, rechazan con denuedo la menor intervención del Estado en el sacrosanto libre mercado; pero son los primeros en demandar el auxilio del Banco de Guatemala y la Superintendencia de Bancos cuando sus intereses están en riesgo o han defraudado a sus cuentahabientes.

Así­ ocurrió con el caso de los llamados «bancos gemelos» durante el gobierno del presidente Alfonso Portillo y lo mismo aconteció con los bancos del Café y de Comercio, en la administración del presidente í“scar Berger, para salvar el dinero de los tramposos banqueros, aunque los pequeños ahorrantes y modestos inversionistas quedaran en la vil calle.

Es que, en palabras de Armengol, «cuando los neoliberales hablan de disminuir el papel del Estado paternalista, regulador y mercantilista, tras sus palabras está el afán de desmontar cualquier mecanismo de protección y ayuda a la población, para imponer con absoluta libertad sus proyectos de beneficio personal», porque «a través de los siglos la avaricia de unos pocos no sólo se ha mantenido, sino también aumentado».

(El cirujano Romualdo Chipuste le dice al neoliberal Wall Bursátil, paciente suyo: -Con anestesia local cobro más barato que con anestesia general. El enfermo replica: -¿Y si muerdo el pañuelo?).