Siempre nos toca criticar la situación y reflejar la desesperanza que provoca la realidad de un sistema evidentemente hecho para servir a la corrupción con base en la impunidad, pero es bueno comentar también pequeños pero significativos pasos que se dan en la vía de querer romper con esa hegemonía que ha tenido la perversidad en nuestro medio. La captura del señor Rodrigo Lainfiesta Rímola, quien desde hace muchos años es públicamente reconocido como uno de los más hábiles en el tráfico de influencias en el país, constituye un signo alentador para una sociedad que se ha ido acostumbrando a convivir con los trinquetes y que hasta rinde pleitesía a quien de cualquier manera amasa grandes fortunas.
Por supuesto que el señor Lainfiesta tendrá derecho a un juicio y debe gozar de la presunción de inocencia, pero no se puede pasar por alto que su nombre alcanzó dimensión pública cuando en tiempos de Portillo su socio y amigo, el señor Llort Quiteño, participó en los manejos del Crédito Hipotecario Nacional que fueron a parar a una financiera en la que ambos, Lainfiesta y Llort, tenían intereses.
En Guatemala no está legislado el tráfico de influencias y no se tipifica como delito, por lo cual por la habilidad para manejar sus contactos con prácticamente todos los gobiernos no se puede perseguir a nadie. Sin embargo, la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala tiene elementos para haber solicitado la captura del señor Lainfiesta por el contrato para la construcción de la cárcel de alta peligrosidad en Fraijanes, proceso en el que deberán probar la realización de algún hecho ilícito.
Pero es importante señalar que los guatemaltecos hemos perdido la dimensión del daño que a la sociedad y al futuro de las generaciones que vienen le hace la corrupción y en casi todos los estratos se acepta convivir con gente que amasa fortunas de mala manera porque, al fin y al cabo, resulta cierto aquello de que poderoso caballero es don dinero. No importa cómo se acumula riqueza, porque se convive en eventos, en actividades, en condominios y en la vida misma con infinidad de personas que la sociedad reconoce como agentes de la corrupción, pero que tienen tanto dinero como para garantizarse un espacio en lo que aquellos criterios antañones calificaban como la mera flor de la sociedad.
Muy ocasionalmente el aparato de justicia acciona contra ese tipo de personas que tienen poder por la influencia de la fortuna que han amasado y que les permite navegar con la mayor tranquilidad por los más exclusivos estratos. En esas rarísimas ocasiones es justo reconocer que son pasos pequeños, pero indudablemente importantes para transformar al país.