En 2007, David P. Montesinos escribió el libro La juventud domesticada (Editorial Popular) y se ganó un lugar privilegiado en la sociología europea y latinoamericana, por la frescura cómo abordó la temática juvenil y lo novedoso de su enfoque. Decía “los jóvenes han visto misteriosamente desactivado su poder transformador”. Ese mismo poder que había posicionado lo joven como un valor universal, en los últimos años del siglo pasado y primeros del XXI.
La juventud resultó ser, para la publicidad, el valor más grande, más importante, más relevante para vender su asociación de ideas. Todo se vende para la gente joven, nada para los viejos, que pasamos de moda en esta sociedad de consumo. Los mayores, los ancianos, los viejos pasamos de largo… en tanto, la juventud recibe el foco de atención mediático más hondo, profundo. Todo es revolucionario, todo es novedoso. Fíjese bien y vea los anuncios de los principales productos de consumo: solo patojos, como decimos en Guatemala, pura patojada.
José Luis Cervera ha dicho de este libro que “¿No será que el trayecto de la herencia -entendida como legado espiritual- ha quedado interrumpido porque los jóvenes contestan con la ausencia, con la renuncia a ocupar los puestos de poder, al empeño adulto por desactivarlos como ciudadanos y convertirlos en consumidores? ¿No será que el reclamo de fe en la experiencia asociativa como única posibilidad de reconstruir los puentes del derecho y la justicia ha quedado triturado en ellos por el individualismo atroz, ese miedo paranoico al Otro, en que los hemos educado? ¿No es culpable de ignorancia quien, nostálgico del rock, acude a un concierto de momias de sesenta años mientras acusa al hip hop de simple moda yanqui para cabezas huecas?”
Por su parte, Pedro Amorós considera que el texto “describe un cuadro que, partiendo del análisis de la situación y la formación de los jóvenes en la escuela, la familia y la sociedad, llega hasta los entresijos de la acción política –o económica más bien- para realizar a fin de cuentas una crítica de la política neoliberal triunfante en nuestros días. La conclusión es que a mayor implantación del modelo neoliberal, escribe Montesinos, más brecha entre clases sociales, menos poder institucional para contrapesar mediante la asistencia los nuevos desarreglos, menos capacidad de respuesta política y, en suma, mayor déficit democrático. Puede parecer velada, en ocasiones, esta crítica al neoliberalismo, pero palpitan entre líneas, en cada una de las páginas del libro. Por eso el autor se lamenta tan a menudo de los efectos perniciosos que está engendrando la despolitización entre los jóvenes, la falta de una actitud política coherente que permita la acción social, la empresa colectiva”.
Y eso, que el libro se enmarca en la Europa actual, donde la juventud ha salido a las calles a denunciar lo que le parece mal, a tomar las plazas, a quejarse abiertamente por un sistema que no le permite trabajar, ni educarse…ya no digamos en una sociedad tan dispar y tremendamente injusta como la Latinoamericana. Pese a que analiza la sociedad actual de aquella parte del planeta, donde hoy, sí hoy hay una enorme crisis económica y política, reflexiona así: “millones y millones de niños padecen malnutrición, explotación, malos tratos, prostitución, participan en conflictos armados y no asisten a la escuela”.
En tanto, hay un desperdicio de una buena parte de la juventud europea, que ha sido domesticada, porque el consumo la ha convertido en su presa perfecta, ante la inocencia o desconocimiento del esquema de cómo funciona la fuerza del mercado. Santo patrono de la juventud de hoy. Esa fuerza que toca con mente joven todo, solo para instrumentar sentimientos posmodernos, vacíos de contenido auténtico.