Parí­s y Londres rechazaban caí­da del Muro de Berlí­n


Vista panorámica de lo que fue Alemania del Oeste, justo donde se dividí­a el territorio germano por el Muro de Berlí­n. FOTO LA HORA: AFP STEFFI LOOS

Los archivos diplomáticos que Francia abrió esta semana, tras una medida similar en Gran Bretaña, muestran que Parí­s y Londres, dirigidos entonces por Francois Mitterrand y Margaret Thatcher, eran hostiles a la caí­da del Muro de Berlí­n y al surgimiento de una Alemania reunificada.


La totalidad de los documentos que Francia guardó todos estos años en sus archivos diplomáticos, de los cuales una muestra fue presentada ayer a la prensa, será abierta el 9 de noviembre próximo.

Ese dí­a se cumplirá el vigésimo aniversario de la caí­da del «Muro de la vergí¼enza», como llamaba Occidente a ese paredón de 45 km de largo que separó a Berlí­n durante 28 años y que fue uno de los mayores sí­mbolos de la Guerra Frí­a.

Los documentos revelan una falta de percepción francesa del cambio que se estaba gestando entre la República Democrática y la República Federal alemanas.

Así­ lo demuestra una carta al presidente de la RDA, Egon Krenz, que en octubre de 1989 habí­a reemplazado a un renunciante Erich Honecker, el entonces presidente francés, Francois Mitterrand (1981-1995).

«Esté seguro de que Francia considerará favorablemente (…) las perspectivas de desarrollo de las relaciones de la República Democrática Alemana con la Comunidad Europea», afirmaba el socialista Mitterrand el 24 de noviembre de 1989, cuatro dí­as antes de que el canciller alemán Helmut Kohl presentara un plan de diez puntos de cara a la reunificación.

Análisis diplomáticos de la cancillerí­a francesa de entonces muestran que Parí­s entendió tardí­amente que esa reunificación era inminente, pues algunos documentos consideraban que no era un paso «realista» aún tras la caí­da de esa extensa pared que la RDA llamaba «El Muro de contención antifascista».

Los archivos franceses permiten constatar también la clara hostilidad a la reunificación de la entonces primera ministra británica, la conservadora Margaret Thatcher (1979-1990).

«Los años 90 comienzan con la euforia, pero corren el riesgo de terminar en catástrofes. Alemania, que ya es temible en el plano económico, se convertirá en la mayor potencia de Europa», afirmaba la «Dama de Hierro» en una cena organizada por el embajador francés en Londres, al abordar la obsesión polí­tica de la época: la reunificación y sus consecuencias en el equilibrio y la construcción europea.

«Francia y Alemania deben acercarse frente al peligro alemán», decí­a Thatcher, para quien «sólo Rusia podrí­a ser un contrapeso más poderoso» que Alemania.

En momentos en que la todaví­a Unión Soviética transitaba los primeros años de la Perestroika, Thatcher entendí­a que el presidente de la URSS, Mijail Gorvachov, debí­a ser «asociado» al frente franco-británico.

«No queremos una Alemania unificada», afirmaba la jefa del gobierno británico a Gorbachov en un encuentro en Moscú en septiembre de 1989, según los archivos que Gran Bretaña desclasificó en septiembre pasado.

El cambio de fronteras y el desarrollo posterior «quebrarí­a la estabilidad de la situación internacional», consideraba Thatcher.

Esa misma desconfianza era compartida por Mitterrand.

El 20 de enero de 1990, al recibir a Thatcher en el Elí­seo, Mitterrand le transmitió su preocupación sobre una Alemania reunificada que podrí­a «ganar todaví­a más terreno que el acumulado por Hitler», según los archivos de Londres.

Seguramente, las miles de personas que la noche del 9 de noviembre de 1989 salieron a las calles de Berí­n para romper a golpe de maza y martillo aquel muro de cuatro metros de altura no imaginaban los entretelones que tení­an lugar al más alto nivel mundial sobre este hecho que marcó un cambio irreversible.

«En el fondo de sus palabras, habí­a cierta amargura frente al desbordamiento que habí­a derribado todos los diques de una diplomacia de contactos y negociaciones. Se alegró del fin del comunismo (…) pero en ningún momento manifestó su alegrí­a por la libertad recuperada en los paí­ses del Este», afirmaba el diplomático francés que habí­a cenado con Thatcher.