Presumo que usted es uno de los miles de televidentes que cotidianamente o con frecuencia observa en las pantallas de TV, sobre todo en las franjas de los noticiarios, a personas adultas, jóvenes y niños de uno y otro sexo con el rostro sonriente, las mejillas sonrosadas, plenos de vida, realizados y con la firme esperanza de que les espera un destino mejor.
Son trabajadores o hijos de empleados de empresas agroindustriales de la Costa Sur beneficiados con los programas sociales de la Asociación de Azucareros de Guatemala (Asazgua), por medio de Fundazúcar.
Naturalmente que son personas agradecidas con sus patrones, es decir, los accionistas de los consorcios azucareros y así lo expresan en los micrófonos y ante las cámaras de las empresas publicitarias que se encargan de divulgar los saludables ambientes en que transcurre la feliz existencia de esa clase de hogares privilegiados, con escuelas y sanatorios.
Sin embargo, no faltan periodistas maliciosos que se encargan de intentar poner en tela de duda los beneficios que reciben los jornaleros de esos emporios azucareros, y de esa cuenta la organización mediática Plaza Pública dio a conocer con pelos y señales las supuestas condiciones infrahumanas en que se desarrollan las actividades laborales de los trabajadores de algunas de esas fincas, incluyendo fotografías, entre las que se destaca una en la que figura un padre de familia relativamente joven con dos de sus hijos cuyas edades podrían oscilar entre los 12 y 15 años de edad, cubiertos sus famélicos cuerpos con ropa harapienta y dos de ellos se protegen del Sol con sombreros de caricatura.
Si tiene dudas, vea la edición de La Hora del pasado sábado 14 de este mes, cuando se publicó el reportaje titulado “Plaza Pública y la explotación infantil en la caña de azúcarâ€, bajo la responsabilidad de los acuciosos o entrometidos periodistas Alberto Arce y Martín Rodríguez Pellecer, quienes -¡imagínese usted el abuso!- ingresaron sin pedir permiso (así lo confiesan) a la propiedad privada del señor Otto Kuhsiek, con el propósito de captar fotografías artísticas; pero ya dentro del inmueble descubrieron facetas del trabajo infantil, lo que es prohibido por el Código de Trabajo, la Ley de Protección a la Infancia, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la cual es miembro el Estado de Guatemala, y los Tratados de Libre Comercio.
Los niños y adultos que rodean a un chico trabajador son de una cuadrilla de cortadores de caña de la finca Flamenco, y el día anterior lo periodistas citados constataron que menores de 14 años de edad cortaban caña, en otra finca, de nombre San Luis, ambas ubicadas cerca de la ciudad de Retalhuleu.
Sería ocioso abundar en detalles del reportaje; pero vale la pena recordar pasajes de las declaraciones del señor Kuhsiek, quien también es presidente de la filantrópica Cámara del Agro, entrevistado días después en su confortable despacho de un edificio de la zona 10. El empresario advirtió que no conoce las edades de los niños y que en todo caso se encontraban disfrutando de sus vacaciones escolares. Le dijo al entrevistador: “Usted vio que había una escuela enfrente de donde estabanâ€. Además, señaló que conviene “romper con ese mito que habla de jornadas de trabajo maratonianas†porque adultos y niños pueden abandonar el trabajo cuando ellos lo deciden o se sienten ligeramente agotados, aunque para llegar al salario mínimo diario, pagando Q20 por tonelada, es necesario superar el corte de tres toneladas.
Quizá por desidia de los propios trabajadores no reciben atención del régimen de seguridad social, porque no están afiliados al IGSS, pero ese es un asunto que no incumbe al buenazo de don Otto, sino que es responsabilidad de los contratistas. Y esto sólo es la punta del iceberg. Hay mucho más. Lea el reporte.
(Al hablar con el ignorante jornalero cañero Romualdo Tishudo, cierto finquero cita a El Filósofo de Gí¼emey: -El dinero no te da la felicidad, sobre todo si es poco-).