Para un ateí­smo comunicacional


Tengo como mí­nimo dos amigos que viven sin leer periódicos, escuchar la radio ni ver televisión. Bueno, no exactamente.  Quiero decir que viven estrictamente sin apenas darse cuenta de lo que pasa en el mundo y menos aún en Guatemala.  Reunirse con ellos es servirles estrictamente de canales de información.  No saben de la violencia en el paí­s, de los saqueos en los bancos y se puede morir el mismo Papa Benedicto XVI que ellos ni se enteran. 

Eduardo Blandón

Ellos me dicen que es mejor así­ y que son más felices.  Además, suelen concluir, al final siempre es lo mismo: un muerto por aquí­, otro robo por allá, «nunca hay buenas noticias y ese mundo de los medios no me apetece».  Esto pareciera una tomadura de pelo, pero es exactamente así­.  Un acontecimiento increí­ble en pleno siglo XXI, una era que los expertos llaman rimbombantemente «sociedad de la información».  Pues, bien, hay gente que puede ser indiferente a eso que algunos llaman «información».

 

La verdad es que esa especie de eremitismo informacional no deja de ser atractivo e incluso, contra todo lo que se pueda pensar, hasta saludable.  De todas maneras qué son los medios de comunicación social sino camisas de fuerzas.  Formas de enmascaramiento, estrategias para invisibilizar, mediación con intenciones de ocultamiento.  Renunciar a ver la vida a través del prisma de los medios es quizá incluso una forma de «ver de verdad».

 

Ponerse las gafas de los medios es permitir una mediación que no deja de ser contaminante.  En realidad quien «ve» por los periódicos, la radio y la televisión apenas ve, debe ser consciente que se pone lentes oscuros y que el aire no siempre será puro.  La rarefacción proviene no sólo de los intereses pocas veces evidente de los dueños de los medios, sino también de las mediaciones imperfectas de los que recogen la información.  De aquí­ que la palabra «creer» en lo que dicen los medios nunca tuvo un significado tan perfecto.

 

«Creer» en los órganos de información puede ser tan atrevido como «creer en Dios».  Confiar a ciegas en lo que dice un periódico no deja de ser un estado de emulación perfecta a Abraham.  He aquí­ alguien de fe: quien presta oí­do a lo que los medios dicen o informan.  Prestar obediencia a lo que se lee, ve u oye es, como dirí­a Kierkegaard, una especie de «salto al vací­o».  O como dirí­a Tertuliano: es un acto que raya con lo absurdo.  Por eso, no andan tan lejos mis amigos cuando profesan su «ateí­smo» comunicacional. 

 

Hay que ser «ateos» de los medios, hay que renunciar a la fe de quien fácilmente dice «amén» a lo «lee».  Ser «ateo» consiste en practicar un distanciamiento sano de todo cuanto solemnemente aparece, por ejemplo, en los periódicos.  Hay que profesar casi el escepticismo absoluto.  Se debe renegar de los dioses y los mitos que nos conducen a creer que lo que se lee es «santo».  No nos engañemos, cuando de medios se trata, estamos en el mundo de lo «profano» y aquí­ no existe la virtud.  Nada de lo que se nos dice tiene por vocación «la verdad».

 

Esto no es un panfleto para que a partir de hoy no nos informemos.  La idea es que aprendamos a ser suspicaces y a relativizar lo que «buenamente» nos exponen quienes tienen como misión «sagrada» informarnos.  No defiendo absolutamente la posición del par de mis amigos que no se informan, recomiendo únicamente una dosis de discernimiento que bien nos harí­a para entender mejor el mundo y quienes lo habitan.