Para salir del lavado de cerebro


Las heridas tardarán años en cicatrizar en la mente de Hamad Ahmad, uno de los numerosos niños paquistaní­es sometidos a un lavado de cerebro por los talibanes para convertirlos en kamikazes dispuestos a cometer los atentados más sangrientos.


Con la cabeza atiborrada de religión y apologí­a de la violencia, Hamad dice que sólo tiene un objetivo: llevar una pistola y colocar en su cuerpo de adolescente un cinturón explosivo en nombre del Islam.

«Estoy dispuesto a cometer un atentado suicida contra cualquier objetivo con la aprobación de mi emir» (jefe), dice Hamad, de 15 años, antes de precisar que fue conducido a la fuerza y formado durante 40 dí­as por los talibanes el año pasado.

Hamad, que habla con la AFP por teléfono desde Qambar, un pueblo de Swat (noroeste), forma parte de un grupo de adolescentes atendidos por siquiatras del ejército, que lanzó el asalto contra los talibanes del valle a finales de abril.

Su padre, Furqan Ahmad, lo encontró en febrero pasado en plena formación de aprendiz de talibán en Charbagh, dos meses después de su misteriosa desaparición.

«Mi hijo desapareció en diciembre, después de que le riñera por llevar una pistola», explica Furqan, que trabaja en un banco. «Conseguí­ recuperarlo con ayuda de un comandante talibán que conocí­a».

«Los talibanes le han lavado el cerebro completamente, y eso que iba al instituto. Ahora es violento, no deja que su madre y sus hermanas vean la televisión, dice que es contrario al Islam», cuenta.

El maulana Fazlullah, jefe de los talibanes de Swat, ha captado estos últimos años a miles de jóvenes ideólogos y marginales para la aplicación de la ley islámica, una violenta rebelión que ha decapitado a sus oponentes, quemado escuelas y atacado a representantes gubernamentales.

Al cabo de tres meses de campaña, el Ejército ha recuperado el control del valle, pero sigue hostigado por los talibanes.

El joven Hamad rechaza la derrota y repite que «quien se oponga a la aplicación de la sharia (ley islámica) debe ser castigado severamente por todos los medios, incluidos los atentados suicidas» pues Alá protege a los kamikazes.

Muchos padres de Swat cuentan que se han visto obligados a entregar a su hijos a los talibanes. El Ejército asegura que ha desmantelado estas redes de enrolamiento.

«Estamos en contacto con un centenar de estos niños, que han vuelto a vivir con sus padres. Regularmente los atiende un siquiatra», explica el comandante Nasir Ali Jan, portavoz del Ejército en Khwazakhela, norte de Swat.

El número total de aprendices de kamikaze sigue siendo oscuro.

El Ejército anunció recientemente que once de ellos habí­an sido detenidos. Pero otros responsables de seguridad evocan varios centenares. Ningún portavoz talibán pudo ser localizado para comentar estas afirmaciones no confirmadas.

Unos muchachos contaron a los soldados que un extranjero, probablemente un uzbeko, les habí­a dado clases de atentado suicida.

La formación tení­a tres fases, según el comandante Jan: dos semanas para descifrar la forma de actuar de las fuerzas de seguridad, blanco frecuente de los atentados; 40 dí­as de formación talibán y enseñanza de las técnicas de kamikaze.

En Khwazakhela, el Ejército presentó a los periodistas a varios niños, que testimoniaron enmascarados y anónimos.

«Los talibanes me tomaron en Charbagh amenazándome con un arma, me llevaron a Matta, donde habí­an establecido un campo de entrenamiento (con) unos 30 formadores», contó uno de ellos, de 16 años y barba incipiente.

«Nos decí­an que el paraí­so reserva una gran recompensa a quien degí¼ella a un soldado», añadió el joven, antes de explicar que escapó de ese campo para volver con sus padres.