¿Para qué pactos, si lo que urgen son cambios?


La figura presidencial atrae más a los polí­ticos y a los electores en general. No hay quien no converse sobre el próximo tatascán que nos gobierne, olvidando que la soberaní­a radica en el Congreso y que sus integrantes a la hora de rajar ocote terminan invariablemente tomando decisiones trascendentales basados en sus particulares intereses o bajo presión, ya fuera del Ejecutivo o del partido polí­tico al que pertenecen, aunque tanto se hable de la independencia de poderes y de criterio. No tenemos memoria de que alguna vez hayan actuado por el bien común. De ahí­ que nuestros «representantes» (entre comillas porque esto es tan sólo un decir) les importe un bledo si la corrupción, impunidad o el narcotráfico campeen en el paí­s.

Francisco Cáceres Barrios

De un tiempo a esta parte, la gran mayorí­a de diputados tienen como objetivos pegarse con cemento epóxico a sus curules, comer bien y pasarla mejor en el recinto parlamentario, como gozar de las mieles del poder, aunque nunca o casi nunca, hagan uso de la palabra para defender los intereses de sus representados. El diputado es feliz si le caen sus extras, pueda reelegirse y pueda echar mano del elevado presupuesto del Legislativo para hacerlo humo, (como aquellos 83 millones) o para seguir haciendo inútiles viajes, disfrutando de costosos viáticos y pasajes en primera clase, aunque nuestra gente siga yendo a los hospitales nacionales sin la certeza de encontrar medicina, al menos una aspirina para el dolor de cabeza.

Sobran los dedos de las manos para contar diputados que no sean consuetudinarios faltistas, que no interpongan o consientan acciones dilatorias para tratar puntos de agenda que conllevan legislación en favor de los intereses nacionales, pues todas sus acciones van encaminadas a ejercer la abyecta politiquerí­a que tiene de cabeza a nuestro paí­s.

Pero todo lo anterior va a seguir igual hasta que la ciudadaní­a se ponga de pie para quitarle el poder a la casta polí­tica reinante. Para mejor explicación, hasta que en sus grandes casonas de empleos dejen de tener la potestad exclusiva de escoger, postular y elegir diputados.

Está demostrado que no podemos exigirle a nadie lo que no tiene. La población no puede pedirle a los partidos llevar al Congreso a gente honesta, exitosa, con amplios conocimientos y con deseos de legislar a favor del bien común, mientras sigan utilizando métodos antidemocráticos, además violatorios a la ética, valores y principios, consintiendo que los votos se vendan a cambio de privilegios, como de actuar obedientes y no deliberantes. No cabe otra opción. Debemos empezar por el principio. Hay que reducir la reelección, como el número de diputados y permitir un efectivo sufragio para que cada diputado sea electo libremente por la ciudadaní­a y así­ pueda exigirle cuentas. Sólo así­ podremos decir que vivimos en democracia y no en un remedo de la misma. Sólo así­, ¡podremos progresar!