Juan B. Juárez
Reflexiones en torno a la creación de la Escuela Superior de Arte de la Universidad de San Carlos y del Plan de Promoción y Graduación de Artistas con Experiencia Profesional (PLART).
La admiración y el orgullo que desde siempre han despertado los artistas en sus respectivas épocas y sociedades es fácilmente explicable: en sus obras los miembros de esas sociedades se han sentido expresados no sólo en su más íntima individualidad, sino sobre todo como formando parte ?coparticipando? de un entorno, de una cultura y de una historia en las que precisamente la existencia individual cobra conciencia de su sentido y de su destino. Y es que la facultad estética, igual que la capacidad de razonar, es consustancial al ser humano y de ella se deriva un particular modo de entendimiento del mundo y de la vida, mucho más profundo que el conocimiento científico de los hechos y los objetos. Es sin duda a este hecho palmario al que se refieren los antropólogos, sociólogos y psicólogos de nuestros días cuando hablan de que el arte es un factor importante de la identidad de los pueblos, identidad que, en estas épocas de uniformación cultural globalizada se percibe en peligro de extinción.
Este «descubrimiento» de los modernos científicos sociales de que el arte es un modo de conocimiento y un factor decisivo en la gestación y desarrollo de la identidad cultural de los pueblos no es falso: es incompleto; precisamente por su naturaleza de conocimiento y su intrínseca cualidad de comunicabilidad el arte es propiamente un poder, y como tal ha sido entendido y utilizado políticamente desde siempre por los grupos dominantes, sean éstos la casta sacerdotal, la aristocracia, la Iglesia, el Estado, el gran capital, etcétera. De esa cuenta el arte dejó de ser, desde tempranas épocas, sencillamente el poder-hacer del artista para convertirse el poder-para que ejercen las élites para manipular a la población «inculta», a las masas desorientadas.
Así, el hecho de que el arte siempre ha sido elitista no tiene nada de extraño: es una consecuencia de su naturaleza de poder humano, eso sí, desnaturalizado, en sus fines y funciones primordiales en el contexto de las sociedades clasistas. En ese mismo contexto, las esporádicas iniciativas de democratizar ?el poder del arte? cuando no han sido cínicamente demagógicas, han sido patéticamente ingenuas.
Obviamente, el primer desposeído de ese poder-hacer ha sido el artista. Eso explica el carácter ambivalente de la admiración y el orgullo que despiertan los artistas vivos en sus respectivas sociedades ?a los muertos incluso se les venera. Se admira en ellos el virtuosismo del oficio, la ingeniosidad de la técnica y la «sublimidad de la inspiración» en las que radica su genio y su originalidad y que son las cualidades por las cuales son solicitados sus extraordinarios servicios y compradas sus obras. Por otro lado, se les considera seres raros, tocados por las musas, trastornados por sus demonios, recipiendarios de un don divino o diabólico, en fin, seres de otro mundo a los que les ha sido dado el misterioso poder de crear. Este tipo de caracterización del artista pone en evidencia el desconocimiento que a nivel general prevalece acerca de los procesos creativos que tienen lugar en el interior del artista. Inspiración, trance, don, disposición natural, dioses, musas o demonios no son, en efecto, términos que expliquen la peculiar sensibilidad del artista (la intensidad con que el entorno se imprime en su espíritu), ni su anormal capacidad de asociar de manera original y significativa conceptos y formas rescatados de la tradición o entrevistos en el medio o mucho menos su neurótico afán de perfección formal que nace de un impulso comunicativo que quiere ser completo, personal y definitivo, pues justamente se trata de su verdad que es también la verdad de todos. Sin embargo, esos términos mágicos si bien no han servido para designar con exactitud el proceso creativo han sido, en cambio, muy efectivos para escamotear el valor y las dificultades del trabajo de los artistas.
La soga invariablemente se rompe por lo más delgado. Y son justamente esos prejuicios, esas falsas ideas en torno al poder-hacer del artista los que posibilitan o determinan su renuncia a una creación auténtica. Porque para un artista de eso cabalmente se trata la vida: de crear.
Pero, ¿crear qué? En el mejor de los casos, esas obras ?poemas, pinturas, movimientos, historias, etcétera?, que retratan de cuerpo entero épocas que sofocan existencias. En el peor de los casos ?y por desgracia el más común? esas obras que complacen a los sentidos, que satisfacen egos necesitados de expansión, que acrecientan el poder y el prestigio de quienes pueden disfrutarlas, que no llegan siquiera a provocar un leve temblor en las conciencias ni en el stablishment. En la actualidad, es el mercado el que inclina la balanza.
En Guatemala, la situación del arte y los artistas es aún más dramática. Sin duda porque nuestra sociedad es más hipócrita, más cínica. Aquí, oficialmente, ni siquiera existe un mercado de arte si no un sistema de beneficencia que encarna en subastas, recitales, conciertos y funciones con fines altruistas y extraartísticos y que apoyan no a los necesitados, sino a los «generosos» filántropos apegados a sus capitales productivos e intocables. Consecuente con ese sistema de beneficencia, al artista no se le compran sus obras: se le ayuda un poco a sobrevivir con la condición de que cree obras hermosas y vacías, sin fundamento social y humano. Si cumple con ese requisito, puede fantasear en privado con su libertad de crear enajenado de la realidad que debería servirle de fundamento. Después de todo es un artista a quien los dioses le dieron una inaudita capacidad para crear… lo que quiera el que pueda pagar. En otros casos, las grandes corporaciones, incluso las trasnacionales, utilizan a los artistas y a sus obras para crear entre las empresas y los clientes un ilusorio vínculo de nacionalismo y de comunidad de intereses, es decir, como un mero recurso de manipulación publicitaria.
Esto nos pone al descubierto que, en nuestro país, no se admira al artista ni se siente orgullo alguno por sus obras. Al artista, ya que no se le puede negar que exista, más bien se le tolera. Prueba de ello es la pobreza de la educación estética en general: en la educación formal las asignaturas de formación estética son consideradas como un mero relleno en un sistema educativo que no quiere formar personas íntegras sino eficientes ?o mediocremente eficientes, para ser más exactos. Los artistas, en consecuencia, no pueden esperar mucho de una sociedad que enseña a sus niños y a sus jóvenes a rechazar el arte.
Si consideramos la formación que reciben los propios artistas en las escuelas de arte, el panorama es aún más desolador; escuelas de poco presupuesto, maestros mal pagados, pensa mal estructurados, pobres contenidos teóricos inconsecuentes con la realidad, insuficiencia de materiales y equipo, ausencia de tecnología, discontinuidad de los ciclos, falta de disciplina de trabajo, carencia de estímulos para desarrollar pensamientos críticos y proyectos artísticos originales, escasa información de lo que sucede en otros ámbitos; en fin, todo lo necesario para crear artistas desvinculados de la realidad social y económica del país, individualistas a ultranza, vulnerables a las presiones externas, concebidos, en fin, a imagen y semejanza de los prejuicios que los deforman.
Y, sin embargo, pese a todo, los artistas guatemaltecos existen, sobreviven, malvendiendo su don, prostituyendo a sus musas, empeñando a sus demonios, despilfarrando la inspiración y el talento, tirando por la borda la dignidad del creador. Y es que se necesita una convicción enorme en el valor de la obra creada y una personalidad fuerte y de enorme determinación para imponer el propio trabajo por encima de las presiones del mercado y la beneficencia.
Sin duda esta visión panorámica de la situación del arte y los artistas en Guatemala puede parecerle a alguien excesivamente pesimista. En efecto, existen artistas excepcionales que con su propio esfuerzo ?o con la terquedad de una vocación profundamente arraigada? han podido superar las carencias del medio en lo que a su propia formación se refiere: han viajado, han visto más mundo y más arte, han conocido a artistas de otras latitudes, han visto a Guatemala desde otras perspectivas. A través de esas experiencias críticas y cruciales han confirmado que el artista tiene una función que jugar en su sociedad, que su «don» o «inspiración» es más bien una responsabilidad, que su comprensión y entendimiento del mundo y de la vida, de su sociedad y de su gente, son parte de la verdad y deben ser compartidos de la única manera que él puede hacerlo: con sus obras.
En efecto, poner en obra su visión del mundo, su vivencia, su realidad, su sentido crítico, su imaginación, su presente, su pasado y su futuro es precisamente el trabajo de un artista. Comprenderlo así es iniciar o continuar la lucha por la dignidad del trabajo; un trabajo que no es producto de la inspiración ni de las musas sino del esfuerzo de estar vivo, lo más vivo posible en esta sociedad castrante y sin imaginación.
A la luz de estas reflexiones podemos vislumbrar la enorme responsabilidad que conlleva la creación de la Escuela Superior de Arte de la Universidad de San Carlos. Dadas las circunstancias, su objetivo de formar artistas de ese perfil, equivale casi a crearlos de la nada. En honor de la verdad, son pocos los artistas guatemaltecos que pueden cumplir con solvencia la responsabilidad de formar artistas que algún día colmen las expectativas de creación y conocimiento estético que demanda un pueblo cuya identidad erosionada y fragmentada es en extremo vulnerable. Debe recordarse que de tal identidad es que debe derivarse una estética consistente, que sea a su vez el fundamento de una ética ligada a nuestro destino. En ese sentido, considero que el PLART es la manera justa y apropiada de incorporar la experiencia de nuestros mejores artistas en la formación de artistas investigativos, críticos y visionarios de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.
No obstante, considero que en la implementación del PLART no debe privar el exceso de burocratismo académico. En general, el estado actual de la educación en Guatemala es deficiente y el de la formación artística es francamente deplorable, de manera que un título o diploma de bachiller o maestro en arte, como en cualquier otro campo, no garantiza el cumplimiento de los requisitos mínimos para ingresar a la universidad.
Por otro lado, los artistas con el perfil adecuado para la puesta en marcha de la Escuela Superior de Arte de la Usac, han sustentado su vocación creativa más en el trabajo y la investigación personal que en títulos académicos de dudosa credibilidad. Es más, entre ellos siempre ha prevalecido la opinión y la actitud de que, a diferencia del trabajo continuo y consecuente, un título no los hace mejores artistas: títulos que, por otro lado, no se empezaron a otorgar sino hasta muy recientemente y esto por maestros que, a su vez, no tenían título, aunque sí, algunas veces, talento y vocación. Esa exigencia del PLART con respecto a la posesión de un título de educación media es incongruente con la formación tradicional de los artistas guatemaltecos y contradice el objetivo de la Escuela Superior de Arte de dignificar la profesión artística. En verdad, de la manera inflexible en que se plantea no es otra cosa que otra prueba más de la situación de las artes y de los artistas en una sociedad violentamente antiartística.