Estamos a una semana de las elecciones que nos permitirán votar por el candidato que ha de gobernar al país durante los próximos cuatro años y lo común es que los ciudadanos pensemos ahora en el país que nos debieran construir y administrar esos políticos, pero rara vez nos detenemos a pensar en la Guatemala que nosotros debemos construir y cómo la debemos impulsar.
Es el momento de pensar en nuestro país con sus potencialidades, su riqueza, sus problemas y su miseria. Es momento de pensar en la Guatemala que recibimos de nuestros padres y la que hemos de heredar a nuestros hijos y al reflexionar en esas dimensiones, sin duda que todos, hasta los más favorecidos por la fortuna, entenderemos que hay mucho por hacer, que no podemos sentirnos satisfechos con lo que hoy tenemos ni con lo que vamos a dejar.
Porque si bien es cierto que hay una Guatemala en la que se vive al ritmo del primer mundo, con prosperidad y hasta opulencia, en donde no hay límites para que quienes la conforman puedan alcanzar los objetivos que se tracen, convive con otra Guatemala en la que al que mejor le va es al que logra irse de mojado a los Estados Unidos porque aquí se le cierran los espacios y las oportunidades. Otra Guatemala en la que la mayoría de sus niños crecen con altos grados de desnutrición que les impedirán su pleno desarrollo físico e intelectual, siendo una tara enorme que les marca para el resto de una vida que no se augura ni altamente productiva ni tampoco demasiado larga.
Es momento de volver los ojos más allá de los «spots» de televisión llenos de colorido y música que nos presentan los candidatos, para visualizar nuestra realidad profunda, la que se manifiesta en esos hogares incompletos que se convierten muchas veces en productores de materia prima para el crecimiento de las pandillas juveniles. Una realidad profunda que, al quedar desnuda, nos muestra un país que se desentiende de lo importante porque no invierte ni en educación, ni en salud, mucho menos en vivienda y seguridad para sus habitantes. Un país en el que nos resistimos hasta a pequeñas muestras de solidaridad que permitirían a los más favorecidos, ayudar al resto con pequeñas contribuciones fiscales que, bien administradas y bajo el ojo crítico de una ciudadanía responsable, harían posible la necesaria inversión social para equiparar un poco al menos las condiciones de vida del país. Pensar hoy en Guatemala, antes de emitir el sufragio, es nuestro deber y responsabilidad porque con solo hacerlo, de alguna manera asumimos postura y compromiso a favor del desarrollo.