Estamos prácticamente entrando ya al descanso de la Semana Santa porque tradicionalmente a partir de hoy baja notablemente el ritmo de la actividad en el país y todo el mundo se prepara para el descanso que llamamos veraniego. Pero es indiscutible que el país está en una de sus peores crisis de toda la historia porque para donde uno voltea a ver encuentra evidencias de que nada camina con normalidad y eficiencia en Guatemala.
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Tenemos prácticamente un año sin que el Congreso de la República cumpla con sus fines y obligaciones, mientras que la administración pública continúa con su ineficiencia en todos los campos. Los hospitales son una calamidad, la educación es manejada de forma caprichosa, la red de carreteras está para el tigre, no digamos ya nada más del tema de la seguridad que sigue siendo el talón de Aquiles del país y de sus habitantes. No hay un sistema de justicia capaz de imponer el Estado de Derecho y vivimos prácticamente en medio de la ley de la selva porque los ciudadanos perdieron su fe en la institucionalidad para dirimir cualquier tipo de diferencias y prefieren actuar por cuenta propia a esperar a que la maquinaria del derecho haga un papel que hace tiempo se olvidó.
Ciertamente la clase política no siente presión de ninguna naturaleza para enderezar el rumbo porque cuenta con la complaciente actitud de una población que al no ver salida a la crisis se limita a marcar el paso, a sobrevivir como bien pueda mientras que los grandes intereses se siguen acomodando para repartirse un pastel que cada vez se vuelve más escuálido porque es la guinda de un sistema inviable.
Por ello creo que los políticos tienen que usar este tiempo de remanso para reflexionar sobre el futuro del país, porque literalmente no sabemos ni el día ni la hora en que vendrá un reventón de esos que periódicamente produce nuestra pasmada sociedad cuando, sin que exista motivo aparente, se harta de lo que está viviendo. La conflictividad salta por todos lados y la ingobernabilidad es más que evidente porque fallamos hasta en las cosas elementales.
Hoy en día no se siente la urgencia de enderezar el rumbo porque no hay esa presión de una opinión pública que manifieste su hartazgo, pero indudablemente que está porque no existe en el fondo confianza en el futuro del país. Estamos ya encaminados a una larga lucha por la sucesión presidencial que, sin embargo, será otro cambio para que nada cambie, para que todo siga como está y que los grandes intereses que se han adueñado del país puedan mantener sus pobres privilegios que ultimadamente terminarán siendo su tumba.
Pero no hace falta ser agorero ni ser adivino para entender la absoluta verdad que hay en aquella vieja expresión de que no hay mal que dure cien años ni pueblo que los resista. Tarde o temprano las actuales generaciones tendrán que pagar la factura de lo que han hecho y de lo que han dejado de hacer porque es insostenible un Estado con las características del nuestro, donde nada funciona, salvo la corrupción para repartir dinero a manos llenas entre grupos de poder oculto, empresarios confabulados para concretar el saqueo y los políticos que saben que tienen cuatro años para armarse porque ya hay otros en la fila esperando su turno.
Fuera de esa realidad no hay perspectiva, no hay esperanza y no hay futuro. Por ello es que pienso que debe haber un arranque de entendimiento para comprender que vamos en una lenta y silenciosa marcha al precipicio del que muy pocos se podrán salvar. Son quizá los últimos momentos, las últimas advertencias para reflexionar y encontrar soluciones patrióticas a una crisis sorda pero profunda. Ojalá se entienda y se pueda hacer algo.