Para los negros de EE. UU. JFK fue un ídolo


inter13_1

Hace unos años, en muchos hogares de personas negras en Estados Unidos colgaban tres retratos: Jesucristo, Martin Luther King Jr. y John F. Kennedy.

Por JESSE WASHINGTON Agencia AP

Incluir a Kennedy en esa trinidad podría parecer extraño. Pero si examinamos las razones por las que muchas personas de raza negra lo consideraban como un ídolo — y por las que las generaciones nuevas en gran medida han olvidado su activismo a favor de la igualdad de derechos — veremos que aún 50 años después de su muerte, Kennedy ocupa un lugar importante aunque complicado en la historia de la raza negra.

«Todavía estamos tratando de explicarlo», asevera John Mack, activista por los derechos civiles que luchaba contra la segregación en Atlanta cuando Kennedy fue elegido presidente en 1960.

Mack dice que sólo podemos especular sobre qué hubiera hecho el Presidente a favor de los derechos de los negros, si no hubiera sido asesinado.

«Es una pregunta que siempre queremos resolver, pero es imposible de resolver», expresó Mack.

Para muchos afroestadounidenses de la generación anterior, Kennedy fue el presidente que más simpatizó con la lucha por los derechos de los negros, mucho más que cualquiera de sus predecesores.

Recuerdan cómo Kennedy habló con elocuencia contra la segregación a pesar de la resistencia de racistas sureños en su propio Partido Demócrata. Algunos incluso conjeturan que fue su apoyo a la lucha por los derechos civiles lo que llevó a que lo mataran.

Muchos negros veteranos reconocen que Kennedy pudo haber hecho más, y que posiblemente sus motivos eran más políticos que morales, pero aun así destacan todo lo que hizo a favor de la causa.

«Hay gente que dice que él pudo haberse movido más rápido, pero él murió por la velocidad en que se movió», dice Shirley Jordan, una reverenda y dirigente comunitaria en Richmond, Virginia.

Jordan tenía 13 años cuando Kennedy fue asesinado en Dallas. Se enteró en su escuela, pero el impacto lo sintió al llegar a casa: «Mi mamá estaba llorando como si hubiera muerto su propio hijo».

«Ese era el tono, el aura que Kennedy tenía en esa época. Se tendió una sombra gigantesca sobre la comunidad negra», dice Jordan. «Si uno ve las fotos del funeral, verás que hay muchas personas negras allí».

Poco después, los padres de Jordan colgaron el retrato de Kennedy en la sala de su apartamento.

Tales retratos también colgaban en la casa del reverendo Charles Booth, quien se crió en Baltimore.

«Siempre estaban esos retratos: Jesucristo, John F. Kennedy y Martin Luther King», comenta Booth, hoy un cura en Columbus, Ohio. «Uno podía ir a cualquier casa y allí había un retrato de JFK en la pared. En la mente de la mayoría de la gente negra en esa época, él era amigo de la comunidad afroamericana».

Una de las razones de eso, admite Booth, fue la relación entre Kennedy y King, aunque incluso esa relación era complicada.

Se conocieron por primera vez en junio de 1960. Kennedy, entonces senador por Massachusetts, pronto ganaría la nominación del Partido Demócrata para candidato presidencial. King se había convertido en una figura política de talla nacional al encabezar el boicot de autobuses de Montgomery, Alabama, que detonó el movimiento por los derechos civiles.

Como demócrata y compitiendo contra el republicano Richard Nixon (en ese entonces, muchas figuras negras, como por ejemplo Jackie Robinson, eran republicanos), Kennedy tenía un difícil reto político y tenía que hacer concesiones hacia los votantes blancos.

El sur de Estados Unidos, donde a los negros se les mantenía como ciudadanos de segunda clase, era dominado por demócratas. Para ganar la presidencia, Kennedy necesitaba a los demócratas blancos del sur, y muchos de ellos odiaban a King, a quien veían como una amenaza a su estilo de vida.

En un discurso poco después de conocer a King, Kennedy habló de los «conmovedores ejemplos de coraje moral» realizados por los activistas de los derechos civiles. Sus manifestaciones pacíficas, declaró, «no deben ser lamentadas sino que son indicio de gran responsabilidad cívica y de espíritu norteamericano».

En referencia al movimiento que practicaba las sentadas, en que personas de raza negra se sentaban en restaurantes que eran sólo para blancos hasta que se les sirva, Kennedy comentó: «Es natural en la tradición estadounidense levantarse a exigir sus derechos aun cuando la forma de levantarse sea sentarse».

Pero había otra faceta de la posición que asumió Kennedy.

En privado, sus asesores le imploraban a King que ponga fin a sus protestas, según narra el historiador Taylor Branch en su recuento del movimiento de los derechos civiles, «Parting the Waters» («Partiendo las aguas»).

Debido a que las protestas estaban siendo reprimidas por demócratas, le complicaban a Kennedy conseguir los votos negros en el norte. Pero si Kennedy criticaba la represión, perdía el voto blanco en el sur.

King se negó a seguir los consejos de los hombres de Kennedy y continuó con sus protestas. Fue arrestado con un grupo de estudiantes en Atlanta el 19 de octubre de 1960, apenas días antes de las elecciones. King se negó a pagar fianza. Permaneció tras las rejas mientras el Ku Klux Klan marchaba por las calles de Atlanta, y por televisión se transmitía el debate entre Kennedy y Nixon.

Las autoridades consiguieron una multa de tránsito que databa de cinco meses atrás y provenía de otro condado, y la usaron para sentenciar a King a cuatro meses de trabajo forzado. Al día siguiente King estaba en una cárcel de máxima seguridad. Se temía que sería asesinado.

Haciendo a un lado las objeciones de su hermano y gerente de campaña Robert Kennedy, quien quería distanciarse del asunto, un asistente convenció a John F. Kennedy a llamar a la esposa de King, Coretta, para expresarle su solidaridad.

La noticia de la llamada de Kennedy a King fue filtrada a la prensa, pero King permanecía en la cárcel, hasta que Robert Kennedy llamó al juez. Súbitamente, la fianza fue pagada y King salió libre.

El papel de los Kennedy en el asunto fue anunciado en la prensa negra en toda la nación. King emitió un comunicado expresándose «profundamente agradecido al senador Kennedy», aunque permanecía neutro en las elecciones. La campaña de Kennedy difundió miles de panfletos en que narraba el episodio, especialmente en las iglesias de feligresía negra, el domingo antes de las elecciones.

Kennedy, quien recibió el 78% del voto negro, ganó las elecciones por uno de los menores márgenes en la historia de Estados Unidos.

«En unas elecciones tan reñidas, se podría argumentar que la llamada de Kennedy a Coretta fue lo que marcó la diferencia», comenta el profesor David Barrett, de la Villanova University.

Booth, el sacerdote en Ohio, se ha preguntado sobre los motivos que tuvo Kennedy en ese episodio.

«No sé si muchos afroamericanos pensaron mucho en la astucia política de Kennedy», expresa Booth. «Ciertamente él estaba cortejando el voto en el sur. Los políticos hacen lo que hacen, a veces la realidad política no es la realidad ética».

Como presidente, la máxima prioridad para Kennedy era la política exterior. Tuvo que lidiar con monumentales retos dentro del marco de la Guerra Fría: negociaciones con la Unión Soviética, problemas en Vietnam, la invasión de Bahía de Cochinos, crisis de misiles en Cuba.

Pero a nivel nacional, la lucha por los derechos civiles estaba en pleno apogeo.

Numerosos activistas que viajaban al sur para protestar contra la segregación fueron golpeados salvajemente. Grupos de blancos protagonizaron disturbios para que el estudiante negro James Meredith se inscriba en la Universidad de Mississippi; dos personas murieron luego que Kennedy despachó al ejército para garantizar que Meredith pueda entrar en la escuela.

En Birmingham, Alabama, la policía arremetió con palos, perros y mangueras contra los manifestantes, y una bomba en una iglesia mató a cinco niñitas. Las imágenes de la violencia estremecieron al mundo.

A pesar del derramamiento de sangre, Kennedy avanzó lentamente hacia la aprobación de las leyes de derechos civiles.

En público, el gobierno de Kennedy se encontraba renuente a intervenir en la situación en el sur a menos que se estén violando leyes federales. En privado, los asesores de Kennedy imploraban a los líderes de las protestas que apaciguaran los ánimos y que se distancien de cualquier enfrentamiento.

Muchos opinaron que el gobierno era indiferente o incluso incapaz. Poco después, cuando Kennedy rechazó propuestas que habían sido incluidas en la plataforma de la campaña de 1960, Roy Wilkins, presidente de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Raza Negra, se quejó de que Kennedy les había ofrecido «un ramo de cactus».

Mack, el activista de los derechos civiles, estaba en la convención demócrata en que se formularon tales promesas. Recuerda cómo se sintió frustrado después, cuando Kennedy se demoró en aplicar las reformas.

«Éramos gente joven, comprometida, que queríamos cambiar el sistema. Estábamos en el sur luchando contra la segregación y todos sus horrores», declaró Mack.

Pero en medio de la frustración, dice Mack, había también el reconocimiento de que Kennedy tenía limitaciones a nivel político.

«Él tenía que lidiar con segregacionistas», reconoce Mack.

Kennedy necesitaba el apoyo de segregacionistas para avanzar en su política exterior, dice Barrett, profesor de la Universidad de Villanova. Kennedy además tenía que tener en cuenta sus posibilidades de reelección, y no podía desairar a los votantes sureños.

«Los derechos civiles, simplemente, no eran la máxima prioridad», comenta Barrett, estudioso de la administración Kennedy y quien enseña un curso sobre el movimiento de los derechos civiles.

«Él tenía tantos temas que resolver, especialmente en el área de la política exterior, que no podía darle la energía y la atención que a nosotros nos hubiera gustado», expresó.

De una manera muy distinta los derechos civiles sí fueron prioridad para el director del FBI en ese entonces, J. Edgar Hoover.

Hoover creía que el movimiento por los derechos civiles había sido infiltrado por comunistas y presentaba una amenaza a la seguridad nacional. Vigiló de cerca a King y a otros dirigentes del movimiento mediante espías e intercepciones telefónicas.

En 1963, «el FBI consideraba a King como un enemigo inequívoco», escribió Branch, destacando que «aun después de recibir informaciones de que alguien iba a matarlo, el FBI se negó a notificar King, a pesar de que sí le avisaba a otras personas que eran amenazadas».

Aun así Kennedy trabajaba junto a King, mientras el FBI trataba de arruinar al líder negro.

En junio de 1963, King sostuvo un encuentro privado con Kennedy en la Casa Blanca. Al caminar juntos en el Jardín de las Rosas, el presidente le avisó a King que estaba siendo vigilado.

Kennedy «quería estar bien con Dios y con el diablo», comenta Barrett.

Pocos minutos después de su encuentro privado, los dos se reunieron con otros dirigentes del movimiento de los derechos civiles. Ya se había anunciado la Marcha sobre Washington, y Kennedy había dado a entender que no estaba a favor. En la reunión, alguien le preguntó si eso era verdad.

«Lo que queremos es que las reformas sean aprobadas por el Congreso, no un espectáculo en el Capitolio», respondió el presidente según el libro «Parting the Waters».

Al final, la marcha pacífica se realizó y se convirtió en un momento histórico. Salió en los titulares de prensa de todo el mundo.

Kennedy la vio por televisión. Inmediatamente después, se reunió con dirigentes de la marcha en la Casa Blanca, donde hablaron de las reformas legales que estaban siendo debatidas en el Congreso. Los líderes negros imploraron a Kennedy que fortaleciera la ley; el presidente respondió que tenía muchos obstáculos.

Algunos sospechan que Kennedy prefería esperar hasta después de las elecciones de 1964 para presionar a favor de la ley. Sin embargo, en sus discursos públicos, cada vez hablaba más sobre la necesidad de justicia social.

La Trice Washington, profesora del Otterbein College en Ohio, dice que la retórica de Kennedy a veces «iba más allá que una simple expresión de apoyo». Como ejemplo cita unas palabras que Kennedy dio a los graduados del San Diego State College el 11 de junio de 1963.

«Nuestra meta debe ser un sistema educativo que cumpla el espíritu de nuestra declaración de independencia, un sistema en que todos sean tratados como iguales, un sistema en que todo niño, ya sea hijo de un banquero en una mansión en Long Island, o hijo de un agricultor en Alabama, tenga todas las oportunidades para tener una educación acorde con sus habilidades y carácter».

En esa época, esas eran palabras peligrosas, dice Washington.

«Esas no eran palabras aceptables en la cultura predominante de esa época», comenta Washington. «Es algo que lo colocó en el frente de batalla y no sólo a riesgo de represalias políticas, sino a riesgo de muerte».

Tuvo que lidiar con monumentales retos dentro del marco de la Guerra Fría: negociaciones con la Unión Soviética, problemas en Vietnam, la invasión de Bahía de Cochinos, crisis de misiles en Cuba.

En el medio de todo estaba la administración Kennedy, juvenil y fotogénica, que en inglés suele conocerse como «Camelot», la leyenda mítica de un mundo maravilloso que duró «un instante fugaz pero brillante».

«Nuestra meta debe ser un sistema educativo que cumpla el espíritu de nuestra declaración de independencia, un sistema en que todos sean tratados como iguales, un sistema en que todo niño, ya sea hijo de un banquero en una mansión en Long Island, o hijo de un agricultor en Alabama, tenga todas las oportunidades para tener una educación acorde con sus habilidades y carácter» – JFK.