Para iniciar la semana con un poco de buen humor y en vista de que, como me desvelé anoche, no tengo ánimos de escribir un texto medianamente analítico, les comparto tres anécdotas acerca del matrimonio.
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Q- Marido y mujer acuden al psiquiatra después de 20 años de casados. Cuando el especialista les pregunta su problema, la esposa muestra una larga y detallada lista, que incluye poca atención de su esposo, no sentirse amada ni deseada, falta de intimidad.
Terminada la lectura, el terapeuta se levanta, se acerca a la mujer, le pide que se ponga de pie y, luego, la abraza y la besa apasionadamente, mientras el marido observa relativamente asombrado. La esposa, por su parte, se queda medio aturdida y en ese momento el psiquiatra se dirige al esposo para decirle: -Esto es lo que su mujer necesita al menos tres veces por semana ¿Puede hacerlo?
El marido lo medita un instante y responde: «Bueno, la puedo traer los lunes y los miércoles, pero los viernes tengo partido de futbol».
Q- Ana: -¿Qué harías si me muriera? Gil: -Te guardaría luto. Ana: -¿Durante mucho tiempo? Gil: -Sí, mucho tiempo. Ana: -¿Por qué? Gil: -Porque te quiero y tu pérdida sería dolorosa. Ana: -¡Vaya! ¿Volverías a casarte con otra? Gil: -No. Ana: -¿Por qué no? ¿No te gusta estar casado? Gil: -Sí que me gusta.
Ana: -Entonces ¿sí te volverías a casar? Gil: -Creo que después de haberte guardado luto durante tiempo suficiente y que me vida volviese a tener sentido, creo que sí. Ana: – ¿También dormirías con ella en nuestra cama? Gil: -Es de suponer ¿no? Ana: -¿Reemplazarías mi fotografía por la de ella en la mesita de noche? Gil: -Pondría las dos fotos
Ana: -¿También tendrías sexo con ella? Gil: -Supongo que llegaríamos a eso. Ana: -¿Jugarías al boliche con ella? Gil: -Sí, sí lo haría. Ana: -¿Le darías mi bola de boliche? Gil: -No; es zurda. Ana: -¡¿Cómo?! Gil: -¡Carajo!…
Q- Un pobre hombre está acostado en su cama, en un pueblo de San Marcos, en el último estado de una enfermedad terminal. Le quedan pocas horas de vida. De repente huele el aroma de tamales de carne recién cocinados. Para él no había nada mejor en el mundo que los tamales de su mujer.
Hace un esfuerzo sobrehumano, baja de la cama y dirigiéndose al comedor empieza a percibir el vapor el aroma que emana desde la cocina a masa de maíz, carne de coche y de pollo. Llega hasta la mesa donde se encuentran extendidos los suculentos tamales y toma uno. Sus esfuerzos han valido la pena. Es como que si se cumpliera su último deseo, cuando repentinamente siente un fuerte golpe en la cabeza que casi lo hace caer sobre el piso de tierra
Logra recuperarse y evita desplomarse al suelo, voltea a ver y descubre a su mujer con un grueso cucharón de madera en la mano, diciéndole: -¡Ni se te ocurra, baboso! ¡Son pa´tu velorio!