Para donde uno vuelva la vista


El comportamiento de los magistrados del Tribunal Supremo Electoral, que el amigo Mario Roberto Guerra Roldán calificó ayer como «eticidio» porque fue un golpe mortal a la ética, nos viene a demostrar que para donde uno quiera ver, lo que aflora es más de lo mismo, es decir, esa absoluta falta de valores éticos y morales y la generalizada ambición que tiene raí­ces en el reconocimiento colectivo de que el éxito de los individuos está en la fortuna que logran amasar, sin que importe para nada el cómo.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

El tristemente célebre bono de aniversario se viene a sumar a precedentes como los de la indemnización que se recetan jueces y funcionarios que fueron electos para un perí­odo determinado y que al finalizar su mandato se retiran con una compensación económica que ellos mismos inventaron y que fue avalada de manera rotunda por la Corte de Constitucionalidad. Por supuesto que sobra decir que esa Corte viene indemnizando a sus magistrados hace muchos perí­odos.

La verdad es que vivimos en un sistema en el que se termina reputando como imbécil al que no es capaz de robar y de enriquecerse de la noche a la mañana. La posibilidad de cambiar ese sistema parece nula porque los polí­ticos opositores que podrí­an usar su influencia y poder para proponer transformaciones, en el fondo esperan algún dí­a llegar al zapotal y beneficiarse de las debilidades de nuestra estructura administrativa que convierte al erario en viña para que cualquiera pueda meter la mano sin temor a consecuencias legales.

De las declaraciones que ofreció la presidenta del Tribunal Supremo Electoral se desprende que se ha relativizado tanto la ética que muchos de los funcionarios creen que no están haciendo nada malo cuando se embolsan dinero de las instituciones a su cargo. Llegan a convencerse de que es lo normal, lo que todos hacen y que por lo tanto no tiene nada de malo que ellos también metan la mano a las arcas públicas. Desde el punto de vista moral no hay diferencia alguna entre ese bono de aniversario que habí­an dispuesto recetarse los magistrados y la indemnización que todos sus antecesores han gozado. Se trata del mismo vicio que atenta contra los mismos principios, pero hemos sido testigos de cuán desvergonzados son los que se han beneficiado que hasta llegan al colmo de defender pública y ardorosamente la cochinada.

Cuando el representante de la OIM en Guatemala repitió la frase que alguna vez escuchó, en el sentido de que no hay obra sin sobra, al final de cuentas estaba diciendo una verdad absoluta y rotunda. Quien crea que en Guatemala se hace o ejecuta alguna obra sin que exista lo que comúnmente se conoce como el moco, tiene que ser un ingenuo o un absoluto ignorante porque aquí­ si no roba el más grandote, roba el pequeño. Si no cobran comisión cuando se hace el contrato, lo hacen de manera desfachatada cuando se atrasan deliberadamente los pagos para obligar al contratista a pagar una comisión jugosa para que se acelere el pago de saldos pendientes.

La lista de las formas inmorales de enriquecimiento no se limita al sector público. También en el sector privado campea ese paradigma del éxito basado en el grueso de la billetera y como consecuencia no se repara en métodos ni en procedimientos porque lo que cuenta es el resultado final y al final este resulta siendo el juego que todos jugamos.