Para desahogarse y liberarse del estrés


Antes de la reciente celebración de la Navidad, mi hijo menor me lanzó una pregunta a boca de jarro que me puso en aprietos, porque no tení­a prevista una respuesta contundente y precisa.

Eduardo Villatoro

Resulta que durante los dí­as previos a la Nochebuena, Pável nos acompañó a mi mujer y a mí­ en algunas compras de regalos para el resto de la familia, habiendo observado, por ejemplo, que en el establecimiento de venta de ropa y artí­culos similares Carrion (sic), instalado en el centro comercial recientemente inaugurado entre las calzadas Roosevelt y San Juan, después de haber escogido algunas prendas y pagado su valor, al inquirirle al dependiente en qué área de la tienda nos empacarí­an los objetos adquiridos, nos indicó el sitio hacia donde deberí­amos encaminarnos, con la advertencia de que el envoltorio requerí­a un costo adicional.

Al retornar a la casa donde vivimos y comentar pormenores de nuestra expedición comercial, que realizamos rodeados de cientos de malhumoradas y presurosas personas de todas las edades, tamaños, colores, alientos, colores e inclinaciones sexuales que se aglomeraban en los centros comerciales que tuvimos el regocijo de visitar, Pável me espetó esta interrogante: -Papá ¿para qué sirve la Diaco?, es decir, la Dirección de Atención y Asistencia al Consumidor.

Intenté formular una respuesta directa, pronta y clara; pero por más que me exprimí­ los sesos no pude responder satisfactoriamente a la duda planteada tan inopinadamente. Sin embargo, sospecho que mi hijo quedó plena y totalmente satisfecho cuando, después de varios segundos de espeluznante silencio, le expliqué que si bien no cumple fielmente con sus funciones, como es de presumir, por lo menos le indiqué -elevando el tono de mi apacible voz-: «Sirve para que uno se desahogue».

Para el efecto le puse al tanto que en vista de que durante un par de meses el costo de un tambo de gas licuado de 40 libras, que es el peso que utilizamos en las tareas domésticas, se incrementó en alrededor de Q50, so pretexto del alza del petróleo en el mercado mundial, yo habí­a llamado telefónicamente a la Diaco para exponer mi protesta. Uno de sus empleados tuvo la paciencia de escucharme y aceptar resignado más de una expresión escatológica, ante la incapacidad de esa dependencia del Ministerio de Economí­a de proteger a los consumidores de la voracidad del oligopolio del gas propano en Guatemala, en poder de tres hermanos mexicanos.

Si bien es cierto que la Diaco no puede detener los aumentos del precio de ese producto indispensable en todos los hogares donde aún se tiene la mala costumbre de cocinar alimentos y comer, el consumidor tiene a la mano el teléfono para demostrar su indignación, lo que viene a ser como un escape emocional que libera del estrés a las angustiadas amas de casa.

Ahora que está por iniciarse nuevamente otro ciclo escolar, la Diaco se enfrentará a un inveterado e irresoluto problema que, para seguir con la tónica, afecta los bolsillos de los atribulados padres de niños, adolescentes y jóvenes de uno y otro sexo de edad escolar, y que se refiere al pago de colegiaturas, que año con año se incrementa.

De la mano con cancelar la cuota de inscripción, se debe hacer efectiva, simultáneamente con el primer mes de colegiatura, la cuota de mantenimiento de aulas, mobiliario y edificios donde funcionan los centros educativos privados, además de adquirir en esos mismos centros los útiles escolares, uniformes y otros objetos, que si se atendiera a la ubérrima economí­a de mercado, bien podrí­an comprarse a precios más bajos en establecimientos que se dedican a estos menesteres; pero los propietarios de los colegios no lo permiten, en aras de incrementar sus ganancias, para desquitar los altos sueldos de sus desagradecidos maestros.

En este sentido debe reconocerse que la Diaco no ha permanecido indiferente, porque algunas medidas ha tomado para intentar evitar el abuso contra los padres de familia, lo que alivia un poco las serias dificultades que encaran -sobre todo en enero-, para cumplir con las exigencias de dueños de colegios.

(El niño Romualdito Pelagatos, hermano de un marero, le pregunta al profesor de cierto colegio de barrio: -¿Cómo se escribe bala? El maestro repone: -Tal como suena. El chico escribe: PUM).