Los guatemaltecos no nos distinguimos por nuestro optimismo ni por ver las cosas color de rosa y en general se puede pensar que existe una pobre estima colectiva en un país donde la población va empujando la carreta como bien puede sin encontrar una verdadera esperanza. Pero cuando ocurren situaciones como el caso del escándalo en el Congreso por el desvío de 82 millones de quetzales, es indudable que eso pesa en el ánimo de la población que resiente no sólo la forma inescrupulosa como se manejan las cosas de la hacienda pública, sino que la impunidad absoluta que es característica de casi todos estos casos.
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Creo que fuera de lo ocurrido con el Ministro de Gobernación de Portillo y los funcionarios del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social en el mismo gobierno, no tenemos en realidad precedentes de altos funcionarios que vayan a la cárcel por embolsarse dinero público. Y hay que decir que pese a todo lo que se dijo en el gobierno pasado, fue el mismo gobierno de Portillo el que inició los procesos en ambos casos que terminan siendo una excepción a la regla de la impunidad. Fuera de ello, todo político o funcionario público envuelto en actos de corrupción termina exonerado o el caso cae en el olvido rápidamente sin que siquiera se les investigue como debe ser.
Es indiscutible que Guatemala necesita acciones positivas que contribuyan a crear un ánimo diferente entre la población para que todos nos sumemos a un esfuerzo transformador que nos permita generar esperanza, pero mientras se mantenga esa tónica de que aquí nadie tiene que temer consecuencias legales luego de incurrir en acciones delictivas, no podemos confiar en que llegue ese aire renovador que sólo tendrá efecto positivo si la mayoría de la población se suma al esfuerzo.
El mensaje que cotidianamente se envía a los guatemaltecos y que tristemente asimilan los jóvenes es que aquí no es cuestión de trabajar duro, sino de actuar con picardía en el momento oportuno. Quienes quieren hacer bien las cosas están en desventaja frente a esa tendencia tan masiva a saltarse las trancas en todos los órdenes de la vida, empezando por el mismo tráfico hasta llegar a cuestiones más de fondo y delicadas.
No hemos logrado articular un verdadero estado de derecho porque sigue campeando el tema de la impunidad y quienes pregonaron durante años la reducción del Estado, lo que lograron al final de cuentas es debilitar a todas las instituciones al hacerlas inoperantes de acuerdo a sus propios y aviesos fines ideológicos. Aun hoy en día, cuando se hace patética la debilidad de nuestras instituciones al punto de que el Estado no es capaz ni de proveer la elemental seguridad ciudadana, insisten en su prédica insensata para impedir que pueda haber regulaciones que son necesarias en cualquier sociedad.
Pienso que mientras no promovamos acciones en contra de la impunidad, para iniciar con la construcción de un estado de derecho a partir de la sanción penal a los delincuentes de todo tipo e incluyendo, desde luego, a los pícaros de cuello blanco, será imposible levantar el ánimo colectivo y pensar en la construcción de un orden nacional distinto en el que tenga lugar la esperanza y la idea de que a base de trabajo creador y honesto podemos salir adelante.
Y es que cada vez que vemos nuevos escándalos, nuevos trinquetes y nuevos ricos surgidos del ejercicio del poder, tenemos que dolernos de la desgracia que se cierne sobre la patria.