Pese a estar aislado en el seno del G8, Estados Unidos impuso sobre el clima su enfoque de fijar compromisos no vinculantes y sobre todo «a largo plazo», con lo que deja en herencia este espinoso tema al próximo inquilino de la Casa Blanca.
El acuerdo de Heiligendamm, al mencionar «sustanciales reduccciones» de las emisiones de gases de efecto invernadero, tan sólo insta a los principales emisores de gases contaminantes a concluir un acuerdo global bajo la égida de la ONU «antes de 2009».
Para entonces, el presidente George W. Bush habrá pasado el relevo a su sucesor, aseguran algunos analistas.
La presidenta de la cumbre, la canciller alemana, Angela Merkel, respaldada por los europeos, a los que se unieron Canadá y Japón, proponía dividir por dos las emisiones contaminantes mundiales antes de 2050 (con relación a su nivel de 1990). Pero el acuerdo no se refiere más que a la promesa de tomar «seriamente» en consideración este objetivo.
«Una buena parte de la intransigencia de Bush es explicable por las preocupaciones de orden interno», asegura Phil Clapp, director del National Environment Trust (Net), con sede en Washington. «No podía aceptar aquí objetivos vinculantes, arriesgándose a ver cómo el Congreso (estadounidense) hace, enseguida, otro tanto».
Desde que los demócratas obtuvieron la mayoría en el Congreso en enero militan activamente en favor de una política agresiva con relación al clima y a los objetivos de reducción de las emisiones de CO2.
Estados Unidos, a día de hoy, ha rechazado cualquier compromiso vinculante. Se abstuvo de ratificar el Protocolo de Kioto, único mecanismo multilateral de lucha contra los gases de efecto invernadero, que impone hasta 2012 objetivos diferenciados de reducción a los países industrializados.
Según Washington, este régimen es inútil, ya que no impone las mismas obligaciones a países como India o China, pese a que éste último se habrá convertido antes de finales de esta década en el principal contaminante del planeta.
Pero Bush «no podía llegar como si nada y decir que no a todo, tenía que poner algo sobre la mesa», estima Clapp.
Por lo tanto propuso –y consiguió del G8– reunir en el otoño boreal a los «principales emisores» en un marco de cooperación informal contra el calentamiento global. El modo de funcionamiento se aproximaría bastante a la Alianza Asia Pacífico (AP6) creada en 2005 con cinco países, entre ellos Japón y China, y que no impone deberes.
El nuevo foro reuniría, además del G8, a los cinco países invitados a sus cumbres — China, India, Brasil, México, Sudáfrica — y a Australia.
Según el acuerdo de Heiligendamm, este proceso se llevará a cabo en el marco de las negociaciones de la ONU que deberían concluir en 2009, un punto al que se aferraba la canciller.
Merkel y los europeos se congratulan por el camino recorrido por la administración estadounidense sobre el reconocimiento de las responsabilidades humanas en el calentamiento climático.
«La posición estadounidense es la buena porque las negociaciones deben incluir a todo el mundo», considera el director de la Agencia Internacional de Energía, Claude Mandil. «Sobre todo porque Bush dijo claramente que no es cuestión de ponerse al margen de la ONU».
Phil Clapp, director del National Environment Trust.