La presidenta del jurado de la sección oficial era Isabelle Huppert, esa actriz especializada en personajes turbios. El director Michael Haneke le ofreció en La pianista uno de los más memorables de su brillante carrera y ella correspondió al regalo bordando a aquella atormentada masoquista. La química era torrencial entre los torturados universos del creador y su actriz. Consecuentemente, lo más lógico es que la Huppert se sintiera predispuesta y fascinada por la película de Haneke,
En su pelídula Das weisse Band, Haneke disecciona los orígenes del nazismo haciendo el retrato de las tensiones, la violencia subterránea, las disimuladas taras, la podredumbre moral que habita en un pueblo de la Alemania del norte en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Se centra en el mundo de los niños, educados en el autoritarismo, la hipocresía de las normas de conducta, el castigo implacable y el miedo. Muestra las relaciones de poder regidas por la corrupción y la ocultación de las miserias y su influencia en los niños, que utilizan como espejo ese modelo para juegos perversos en los que está permitido machacar a los débiles y la fuerza justifica todo.