Paladí­n del Japón fuerte


Semblanza. Shinzo Abe, ex primer ministro de Japón. (Foto XINHUA/La Hora)

El primer ministro conservador japonés Shinzo Abe, forzado a dimitir hoy, se alzó como paladí­n de un Japón sin complejos en el plano internacional, aunque en detrimento de las preocupaciones diarias de sus compatriotas.


Heredero de una ilustre dinastí­a de polí­ticos conservadores, Abe, de 52 años, fue elegido triunfalmente en septiembre de 2006 y se convirtió en el primer ministro más joven de la posguerra en Japón. También fue el primero que no conoció la Segunda Guerra Mundial.

Menos de un año después, en picado en los sondeos, Abe abandonó el poder tras haber conducido a su Partido Liberal Demócrata (PLD, derecha en el poder) a un revés histórico en las elecciones senatoriales de finales de julio.

«Abe tiene objetivos que no están necesariamente en la misma onda que el electorado porque le interesan sobre todo las cuestiones ideológicas y descuida las preocupaciones diarias de los japoneses», explicó recientemente el politólogo Ikuo Kabashima.

Dotado de «un sentimiento de orgullo nacional muy acentuado», Abe se fijó la misión de sacar a Japón del «régimen de posguerra».

Por ello ha abogado desde su juventud por la revisión de la Constitución pacifista del paí­s, promulgada durante la ocupación estadounidense (1945-52).

«Shinzo Abe piensa que es esencial para un responsable polí­tico poseer convicciones fuertes y defenderlas», un valor heredado de su abuelo, el ex primer ministro Nobusuke Kishi (1957-60), señaló Kabashima.

Abe siente una gran admiración por ese abuelo que fue encarcelado por los estadounidenses, acusado de ser un criminal de guerra (pero jamás juzgado).

Para el analista norteamericano Jeffrey Kingston, «Shinzo Abe es un ideólogo puro que no ha logrado convencer a los japoneses de que las reformas emprendidas eran por su bien».

Contrariamente a su extrovertido predecesor, el populista Junichiro Koizumi (2001-06), Abe resultó ser un «comunicador mediocre», estimó Kingston.

Abe habí­a sucedido sin embargo a Koizumi en medio de los mejores augurios al lograr un rápido éxito diplomático con China e imponiendo sus reformas en Educación y Defensa.

No obstante, desde finales de 2006 los escándalos que salpicaron a sus allegados comenzaron a empañar su brillo y a aumentar su impopularidad.

Esos casos se transformaron en una «serie negra»: del suicidio de un ministro acusado de corrupción al enorme escándalo de las pensiones.

«Honesto» y «leal en la amistad», según sus partidarios, Abe ha salido invariablemente en defensa de sus colaboradores incriminados, una actitud que revela, según Kingston, «una falta de olfato polí­tico».

«Esta actitud no podí­a atraerle los favores de la opinión. Hubiera tenido que deshacerse de la gente perjudicial para aparecer como un reformista y no como un polí­tico de la vieja escuela», estimó.

Abe carecí­a además de «una base polí­tica sólida», lo que le obliga a buscar compromisos, de autoridad y de experiencia, ya que sólo ocupó un puesto ministerial antes de acceder al máximo cargo del gobierno.

Nacido el 21 de septiembre de 1954 en Nagata (sur), Shinzo Abe estudió ciencias polí­ticas en Japón y Estados Unidos.

Se inició en polí­tica en 1982 como secretario particular de su padre, Shintaro Abe, entonces ministro de Relaciones Exteriores.

Cuando éste murió, heredó su bastión electoral en la prefectura de Yamaguchi (sur de Japón), donde fue elegido diputado en 1993.

De 2000 a 2003 fue subsecretario general del gobierno de Yoshiro Mori y luego del de Koizumi, quien lo propulsó al cargo de secretario del PLD.

Irónicamente, a mediados de 2004, Abe renunció para asumir el revés del PLD en unas elecciones al Senado.