En Pakistán, el nuevo poder civil que sucedió en 2008 al general Pervez Musharraf, a quien Washington reprochaba haber dejado que Al Qaeda reconstituyera sus fuerzas, encontró dificultades para detener el fortalecimiento de los combatientes islamistas.

Por eso, esta República islámica poblada por 164 millones de habitantes y única potencia militar nuclear del mundo musulmán, se ve cada vez más cuestionada por la comunidad internacional.
A tal punto que ha sido transformada por el presidente electo estadounidense Barack Obama, junto con Afganistán de cuya suerte no puede disociarse, en la prioridad de su política exterior, por delante de Irak.
Además, un reciente informe de una comisión del Congreso de Estados Unidos advierte que de ahora hasta 2013, son más que probables los atentados con armas químicas o biológicas, e insta a la nueva administración a «prestar particular atención a Pakistán».
Por otra parte, las fuerzas estadounidenses que combaten con dificultad la insurrección de los talibanes en Afganistán, disparan casi a diario misiles en las zonas tribales montañosas e inexpugnables del noroeste de Pakistán, dirigidos contra responsables de Al Qaeda.
En fin, los recientes ataques coordinados de Bombay, en la India, que provocaron 172 muertos (nueve de ellos los atacantes islamistas) y fueron perpetrados por un comando de islamistas, aumentaron el riesgo de un nuevo conflicto entre los dos países vecinos, surgidos de la partición de la India tras la descolonización británica, transformados en potencias nucleares.
Nueva Delhi acusa a Islamabad si no de haber manipulado, al menos de haber dejado actuar a los terroristas, llegados según la India de Pakistán.
Los dos países ya se enfrentaron en tres guerras desde la partición de 1947.
Ante estos desafíos, el nuevo poder civil surgido de las legislativas de febrero 2008 se encuentra extremadamente fragilizado.
El acceso a la presidencia en septiembre del muy controvertido Asif Ali Zardari, viudo de la ex primera ministra Benazir Bhutto, se debió a un concurso dramático de circunstancias.
Su impopularidad y su falta de legitimidad a los ojos de la mayoría de los paquistaníes explica quizá los desaciertos y torpezas en que ha incurrido el nuevo gobierno, según destacan los editorialistas del país.
Benazir Bhutto fue asesinada el 27 de diciembre de 2007 en uno de los numerosos atentados suicidas que ensangrientan al país, en plena campaña para las legislativas de febrero de 2008.
Su viudo, que hasta entonces no se había dignado regresar del exilio debido a procesos en su contra por corrupción cuando había sido ministro de su esposa en los años 1990, se vio catapultado a la cabeza del Partido del Pueblo Paquistaní (PPP) de Bhutto, que ganó por amplio margen las legislativas.
Muy oportunamente, la justicia le retiró las últimas acusaciones. Y quien era conocido por la mayoría de los paquistaníes como «Señor 10%» por las comisiones que supuestamente cobraba en las licitaciones públicas, fue electo por los parlamentarios del PPP a la presidencia del país.
A pesar de una importante ofensiva del ejército en las zonas tribales lanzada en el verano (boreal) de 2008 bajo la intensa presión de Washington, no hay más remedio que comprobar que la amenaza islamista no retrocedió. Los talibanes paquistaníes, que concertados con el propio Osama bin Laden decretaron en septiembre 2007 la «jihad» o guerra santa al poder paquistaní, intensificaron su violencia.
Y Pakistán, que a pesar de ser el aliado clave de Washington en su «guerra contra el terrorismo» es señalado como un refugio de terroristas, se considera a sí mismo como su primera víctima, según repite hasta el cansancio Islamabad.
En 16 meses, casi 1.500 personas murieron en todo el país en al menos 165 atentados, la mayoría suicida. Esta violencia se intensificó en 2008, lo que constituye el primer revés para el nuevo gobierno.
«Las fuerzas extremistas se afianzaron tanto que tienen la capacidad de provocar un conflicto entre la India y Pakistan», se horroriza Rasul Naksh Rais, profesor de ciencias políticas.
«Hubo un movimiento de simpatía internacional a fines de 2007 con la muerte de Benazir Bhutto, pero ahora estamos de nuevo aislados en la escena internacional», deploró.