Y de nuevo en Guatemala se ponen de manifiesto las discrepancias, las disonancias, los contrastes en cuyo entorno se desarrolla nuestra vida cotidiana. Del casi olvidado y remoto Premio Nobel de Literatura, otorgado a Miguel Ángel Asturias Rosales en 1967, en un país cuyo analfabetismo aún es un enorme flagelo.
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Al otro premio, el Premio Nobel de la Paz, concedido a Rigoberta Menchú Tum, en 1992, en un país cuyos índices de violencia y bestialidad se anidan desde la más cruel e implacable violencia intrafamiliar a las más despiadadas manifestaciones de integración antisocial que ha producido desmembramientos y atroces crímenes.
Llegando ahora al meritorio del medallista olímpico, Erick Bernabé Barrondo García, originario de la ruralidad en cuyo seno se desarrolla la más implacable y oprobiosa desnutrición generalizada. Más aún, en esta nuestra Guatemala en donde el poder absoluto de un unipersonal y transitorio interventor hipoteca el potencial del ingreso y egreso de mercancías por la vía portuaria marítima más importante del Pacífico nacional, por al menos cinco lustros, en una negociación amparada en una legalidad retorcida y de inmoral conducta. La historia juzgará este último ejemplo de uno de los contrastes más aberrantes del manejo de la cosa pública guatemalteca.
Esa es nuestra Guatemala, este es “mi país”. Aquí donde se privilegia el diálogo si éste es el instrumento que se emplea como lisonja para alabar al gobernante de turno. Sea este quien ostente la representación de la unidad nacional, o el maravilloso representante del “¡¿pueblo?!” o la infalible autoridad local. Esos son parte de los contrastes. Y nuestra sociedad en su conjunto es de una moralidad ambivalente, es de aquellos que se golpean el pecho en señal de arrepentimiento, pero a la vuelta de la esquina pasan con total indiferencia a la reiteración de sus deleznables actos que en un gesto de constricción han logrado aplacar a esa extraña y casi desconocida que suele llamarse conciencia. Aquí donde la fiesta ahoga nuestras desigualdades y el licor embriaga nuestro razonamiento y capacidad de admitir que nos pudimos haber equivocado.
Como equivocado es el rumbo de la discordia entre las autoridades financieras y fiscales del país. Si los ingresos han caído, están cayendo o caerán aún más se debe nada menos que a ese adefesio que se impuso en la figura de la “actualización fiscal”, cuyo principal autor es ahora el más acérrimo descalificador de la entidad recaudadora. Quien de nuevo está echándole las culpas a otros de sus desproporcionales desaciertos e imposiciones. O como el hecho, de confirmarse, sería una vergüenza adicional, de habernos enterado que luego de todo el oropel, la pompa y la parafernalia en el apoteósico recibimiento a la delegación de atletas olímpicos, encabezados por Erick Barrondo, éste no recibió una auténtica muestra de hospitalidad y la primera noche a su retorno hubo de “hospedarse” en un albergue público, pues no hubo autoridad alguna u hotelero con “responsabilidad social”, que ofreciese habitación digna para medallista y su familia. Así son los contrastes, en esta Guatemala en que vivimos y parece que a esto y a otras injusticias hemos de acostumbrarnos. O como dijo el anterior gobernante: nos tenemos que aguantar. Pero pronto habremos de olvidarnos de estas y otras disonancias o contrastes.