Los países ricos golpeados por la crisis y los emergentes que se convirtieron en locomotoras de la economía mundial avanzaron en la cumbre del G20 de Pittsburgh (Estados Unidos) en la coordinación de sus políticas para evitar un nuevo colapso financiero.
En la línea del «haber» de la cumbre, que se celebró el jueves y el viernes, figuran la sustitución del G8 de países ricos por el G20 (de industrializados y emergentes) como nuevo timonel de la economía mundial.
Los emergentes también tendrán más poder en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Banco Mundial, con un traspaso de «al menos» un 5% de votos a su favor en el primero y de un 3% en el segundo. Esa resolución, según participantes en las negociaciones, generó gran resistencia en los europeos.
El FMI se encargará además de verificar que las políticas de todos los miembros del G20 no amenazan los grandes equilibrios de la economía mundial.
La cumbre también resolvió evitar un retiro «prematuro» de los paquetes gubernamentales de reactivación, que contuvieron la onda expansiva de la crisis, aunque sin garantizar hasta ahora un repunte sólido.
Los líderes políticos proclamaron además su intención de apretar las clavijas a los bancos (con normas contra tomas inconsideradas de riesgo) y a las primas de los banqueros, aunque esas medidas, que generan una evidente resistencia, tienen plazos amplios o vagos.
En Pittsburgh, «llegamos a un acuerdo histórico para reformar el sistema financiero mundial a fin de promover la responsabilidad y evitar el abuso, de manera que jamás volvamos a enfrentar una crisis como ésta», dijo este sábado el presidente estadounidense, Barack Obama, en su programa radial semanal.
En el «debe» de la cumbre, figura la brevedad con que trató las cuestiones de la liberalización comercial (se limitó a reiterar el compromiso de concluir la Ronda de Doha en 2010) y del calentamiento global (una mera denuncia de los subsidios a las energías fósiles), a dos meses de la decisiva Conferencia de Copenhague sobre el clima.
El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, sacó un balance positivo, y afirmó que las conclusiones demuestran que «el mundo se está encaminando rápidamente hacia un nuevo orden económico».
Y eso ocurrió, según Lula, porque desde el inicio de la crisis los países ricos dejaron de sentirse «los dueños de la verdad».
Obama llamó el miércoles al mundo a tomar «una nueva dirección», caracterizada por el multilateralismo, en abierta contraposición con la postura de su predecesor George W. Bush.
«Debemos asumir una nueva era de cooperación basada en intereses comunes y respeto mutuo, y nuestro trabajo debe empezar ya», dijo Obama ante la Asamblea General de la ONU.
Obama «reconoce implícitamente que Occidente no puede ejercer cualquier predominio en un mundo donde los países no occidentales, como China, India y Brasil, están en ascenso», afirmó Colin Bradford, cientista político del Brookings Institute.
La mayoría de los emergentes lograron limitar el impacto de la crisis y algunos vuelven a crecer como si nada hubiera pasado ( 7,8% interanual en el segundo trimestre en China y 6,1% en India), mientras Japón, Alemania y Francia emergen apenas de la recesión y Estados Unidos espera seguirlos a corto plazo.
Los occidentales pretenden que ese dinamismo lleve a China y a otros países del Sur a activar sus mercados internos para sustituir al aletargado mercado estadounidense como dinamizador de la economía mundial.
«En Pittsburgh, las principales economías del mundo acordaron continuar con nuestros esfuerzos por estimular la demanda mundial para que nuestra gente vuelva a trabajar», dijo Obama en su programa radial.
Pero para que Europa y Estados Unidos puedan aprovechar esa dinámica habrá que superar escollos importantes.
«Para que la economía mundial emprenda un camino más firme, hará falta que China proceda a reevaluar el yuan frente al dólar y que Estados Unidos contenga su déficit presupuestario», afirma Peter Morici, de la Universidad de Maryland, quien considera poco probable que alguna de esas cosas ocurra.
Al cabo de diez meses y tres cumbres, el G20 ha logrado hacerse un hueco entre el G8, el G7 y el G14, en un momento en el que la comunidad internacional busca el mejor formato para concertarse sobre los grandes temas económicos, diplomáticos y medioambientales.
Lo que está claro actualmente es que el Grupo de los Ocho países más industrializados del mundo -Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y Rusia- ya no es la piedra angular del edificio económico y financiero mundial. Y en el futuro las reuniones de geometría variable se perfilan como la norma.
La instancia de impulso de la gobernanza mundial ha pasado a ser el G14, es decir los miembros del G8, a los que se añaden cinco grandes emergentes -Sudáfrica, Brasil, China, India, México- más Egipto. En los últimos años, las reuniones del G8 se han ampliado a menudo con la participación de estas potencias emergentes, y cada vez se habla más de institucionalizar el G14.
¿Significa eso que el G8 está condenado a desaparecer? Según el presidente francés Nicolas Sarkozy, sí, a juzgar por su anuncio de que en 2011, bajo presidencia francesa, quedará concluida la transformación del G8 en G14. Pero para otros países, las reuniones del G8, aunque sean al margen de un G14, siguen siendo necesarias para hablar de finanzas.
Para Japón en particular, que teme la influencia creciente de la vecina China, el formato a ocho sigue siendo útil. Lo que es incierto es si el nuevo primer ministro nipón mantendrá esta postura tradicional de Tokio.
Y si se confirma la institucionalización del G14 ¿qué deberá hacerse con el G20? Porque con los 14, varios pesos pesados económicos de América Latina, ífrica, Asia y el mundo árabe se quedan fuera. Habría que añadir a la mesa de discusiones a Argentina, Australia, Arabia Saudita, Indonesia, Turquía y Corea del Sur.
En diez meses, y contando la reunión de Pittsburgh en Estados Unidos los días 24 y 25 de septiembre, el G20 se habrá reunido tres veces para intentar responder a la crisis económica internacional. En el futuro será difícil decirle a los países no integrados en el G14 que ya no son bienvenidos.