P. Manning, la resurrección del quarterback perfecto


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Peyton Manning se puede convertir el domingo en el primer quarterback en guiar a dos equipos diferentes a ganar el Super Bowl del fútbol americano. Pero después de cuatro operaciones en el cuello, de un año sin ponerse el casco y de ser incapaz de lanzar la pelota durante meses, el título de los Denver Broncos significaría mucho más.

Por Daniel García Marco, Miami, Agencia dpa

Sin el barniz latino del béisbol ni el negro del baloncesto, el fútbol americano es el deporte más genuinamente estadounidense y más blanco. Pocos lo representan mejor que Manning, nacido en Louisiana de una familia modelo: el padre ya destacó con la pelota ovalada, la madre fue reina de la belleza, su mujer es la novia de toda la vida, tiene dos gemelos adorables y su hermano menor, Eli, ya contempla dos Super Bowls en sus vitrinas.

   Los Manning son al fútbol americano lo que los Kennedy a la política. Peyton sería JFK: siempre fue el primero en el instituto, la universidad y la NFL. Nunca tuvo el brazo más potente ni se movió mucho, pero cuenta con un cerebro privilegiado para el deporte.

   ¿Quién no querría ser como Peyton Manning? Muchos padres han llamado Peyton a sus hijos por el quarterback, que responde a mano muchas de las cartas que le envían sus seguidores, lidera proyectos solidarios y conoce por el nombre hasta el último empleado del equipo.

   Manning fue campeón del Super Bowl en 2007 con Indianapolis Colts, perdió otra final, fue elegido cuatro veces MVP y va camino del quinto galardón.

   Sin embargo, todo se truncó en el verano (boreal) de 2011. Manning ya no era capaz de levantarse de la cama tras someterse a una cuarta operación en el cuello en dos años para retirar un disco herniado en su médula espinal que estaba matando el nervio que controlaba su maravilloso brazo derecho. Los Colts tuvieron que alinear a otro quarterback tras 13 años en manos de Manning.

   «Siempre tuve dudas sobre si podría regresar, porque los médicos no podían decirme nada definitivo. Fue una cuestión de fe y de confianza», dijo esta semana el gentil y afable Manning.

   El quarterback estaba a punto de arrojar la toalla con 35 años. Parecía imposible pensar en su resurrección. Tenía decidido dedicarse a sus gemelos.

   Tras perderse la temporada 2011, en marzo de 2012 los Colts, que habían reclutado al prometedor Andrew Luck, decidieron prescindir de él. Incapaz de imaginar su vida fuera de Indianapolis, estaba dispuesto a ser el suplente y mentor de Luck, pero el equipo prefirió ahorrarse pagarle 28 millones de dólares.

   Manning lloró, pero el golpe le dio fuerzas para demostrar que se habían equivocado con él. Los Broncos decidieron darle una oportunidad y asumieron el riesgo al firmarle por cinco años y 96 millones. Con un cuidadoso programa de recuperación, regresó la pasada temporada y lideró a Denver a un balance de 13-3. Una inesperada derrota ante Baltimore cortó el camino al Super Bowl.

   El quarterback ya no paró. Siguió mejorando y esta temporada ya nada ha podido frenarle de momento. Con 37 años comanda el equipo más ofensivo de la NFL y ha batido las marcas históricas de touchdowns y yardas. Regresar de esa forma le valió ser elegido por la revista «Sports Illustrated» como Deportista de 2013.

   «Es una segunda oportunidad», dice Manning, cuyo puesto en el olimpo del fútbol americano parece depender de un segundo título el domingo, que sería el primero de los Broncos desde 1999.

   «Es uno de los mejores, si no el mejor quarterback de la historia. Un día quiero ser como él por cómo piensa, es un maestro del juego», lo alabó Russell Wilson, el joven quarterback de Seattle Seahawks, el rival de los Broncos de Manning en Nueva Jersey.

   Wilson, como muchos en Estados Unidos, desearía emular la ejemplar vida y la exitosa carrera de un jugador que el domingo quiere agrandar su leyenda y recordar -aunque nunca lo diga en público- que los Colts se equivocaron.