Otros recuerdos de la Facultad de Derecho V


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En una recepción del Colegio de Abogados, el licenciado Coco Valdez contó la anécdota siguiente: resulta que en la Facultad era usual organizar concursos de oratoria. En uno de ellos participaba el estudiante y columnista de prensa, don Eleazar Quirino Velásquez, más conocido como Eleazar Q. Velásquez. Cuando le tocó su turno, inició su discurso con esta frase: “-Yo he viajado mucho…”.

René Arturo Villegas Lara


El respetable auditorio no lo dejó continuar y empezó a expresar una sonora rechifla.  No obstante tal irrespeto, don Eleazar inició de nuevo su intervención, con la misma frase y vuelta  la rechifla.  Entonces intervino el Decano,  exigió silencio y respeto para el orador, quien ante otra desaprobación, que ya sólo se quedó en un tenue rumor, pudo completar la frase así: “Yo he viajado mucho por el interior de la Patria”. Y es que la protesta estudiantil se basaba en una duda razonable, pues los estudiantes estaban seguros que don Eleazar nunca había salido del país.  Así que despejada la duda, el orador continuó su intervención y la concluyó con el aplauso correspondiente.

       Los estudiantes suelen recordarse de sus profesores de diferente manera.  Del curso de Historia Crítica de Centroamérica, que con mucho orgullo recordamos que la impartía el profesor Joaquín Pardo, traemos a cuenta esta anécdota:  Don Joaquín, después de su documentada y sesuda exposición, en una de sus tantas y aleccionadoras semblanzas de la historia patria, preguntó:  -¿Hay alguna duda?-  Un silencio sepulcral invadió el aula.  Nadie preguntaba nada.  Ni la más mínima duda existía.  Don Joaquín dijo entonces, con sarcasmo: -“Aquí sólo hay sabios.  Se gasta inútilmente los impuestos del pueblo educando sabios.  Nadie tiene dudas y eso quiere decir que todo lo saben.”  Un compañero, no recuerdo el nombre, pensó que había que resolver aquel embrollo y alzó la mano para preguntar: “Perdone licenciado…”, pero, en lugar de componer la cosa, la confundió más, porque don Joaquín le respondió: “-Sepa jovencito que a mucha honra yo no soy licenciado; soy profesor de educación primaria y el único honrado que da clases en esta Facultad”.  Y es que don Joaquín, aunque Emeritissimum de la Facultad de Humanidades, sólo era profesor de educación primaria, graduado en la Escuela Normal Central para Varones.

        Aunque era un profesional joven, demasiado joven en la década de los sesenta, nuestro querido amigo Fernando Quezada Toruño, fue llamado por sobradas razones, para hacerse cargo de la cátedra de Teoría General del Proceso, que se cursaba en el tercer año de la carrera, en el aula de la esquina del corredor del sur de nuestro bello edificio.  No sé si la historia sea cierta ni pedimos aclaraciones al querido amigo, porque es una charada, pero lo que nos contaron sucedió así: el  profesor llegó a dar su clase por la tarde, ya casi cuando empezaba la noche, con diapositivas, pantalla y proyector, a efecto de explicar el proceso con recursos educativos de moda.  Fue colocada la pantalla, se ajustó el proyector, se fijaron la diapositiva y cuando todo estaba listo, incluyendo la atención de los discípulos, el profesor ordenó apagar la luz.  Entonces un chusco dijo: “Palillo Quezada Picture, presenta…”  Entonces el profesor recogió sus bártulos y se largó de la clase en señal de protesta por la irreverencia estudiantil.  ¿Y saben ustedes porqué al doctor Aragón los alumnos le decían muerte súbita?  Resulta que nuestro profesor de medicina forense, al explicar la muerte súbita, decía que ésta podía llegar en los momentos más excelsos de la vida, incluyendo el momento del orgasmo.  Por eso no se dudó en apodarle “Muerte Súbita”.
   
     Terminó aquí estos ligeros recuerdos de la Facultad Derecho, parafraseando  al célebre humanista, Erasmo de Rotterdam, cuando pone fin a su  libro “El Elogio de la Locura”:

“Si lo que les conté no les ha gustado, olvidaos de cuanto os he dicho”.