Digno de recordar es el humorismo del querido maestro José Humberto Hernández Cobos. Euforio Cobas era su nombre de combate literario. Antonio Ortiz contó una vez en el Diario de Centroamérica que Euforio Cobas no era muy alto de estatura, pero si levantaba sus buenos palmos del suelo como para no llegar a enano. Su tez no era como la leche, pero tampoco llegaba a color de carbón, era de un color entre sí y entre no.
Cuando recién nacido oía hasta lo que no le importaba, pero con los años perdió un poco el oído, lo perdió como se puede perder cualquier cosa. Por lo tanto no era sordo de nacimiento, sino pertenecía a ese privilegiado grupo de sordos que no oyen lo que nos les conviene. Por siempre se recuerda que cuando su interlocutor le hablaba de cosas intrascendentes, desconectaba la batería del aparato que le ayudaba a percibir el sonido, particularmente en los exámenes privados de la Facultad; no le gustaba gastar pólvora en zanates. Y Pepe se reía de su sordera. Dice el licenciado Wilfredo Valenzuela, que una vez Pepe le contó haber tenido un sueño aterrador o una gran pesadilla:
-Fíjese, Wilfredo, que anoche tuve una doble pesadilla.
-¿Soñó algo desagradable? inquirió Wilfredo.
– ¡Claro! Y como le digo, doble: primero soñé que vivía en tiempo de la Colonia; imagínese usted, yo entre tanto gachupín. Segundo: que me había nombrado Oidor de la Real Audiencia.
Cuando fui su secretario auxiliar en la Facultad, recuerdo que vaya a saber por qué alevosa traición al sueño reparador de las primeras horas de la mañana, los dos llegamos a las siete. Tal vez había que organizar unos privados. Como a las ocho en punto, entro Martita Pinto Bonilla, originaria de Río Hondo, Zacapa. Cuando Pepe la vio en la mera puertona de la secretaría, le dijo:
-Allí viene la única chipriota que trabaja en esta Facultad.
-Yo soy de Río Hondo, licenciado; no de Chipre, aclaró la interfecta.
-No es por eso, lindura: ¿No vive usted en los chiprechales, pues?