Principiemos por decir que esto de evocar la vida estudiantil, tiene su lugar en la literatura. Precisamente, el escritor colombiano, Germán Arciniegas, en su obra El Estudiante de la Mesa Redonda, evoca la presencia de la juventud de distintas épocas de Europa y América, exaltando su aporte al pensamiento universal y describiendo las características del medio universitario en que se movieron.
Ese libro nos permite conocer, en lo que a América se refiere, cómo la Universidad y sus estudiantes son reflejo de un continente pintoresco; repleto de realismo mágico; azotado por dictaduras; por discursos demagógicos que, como sublimación del engaño y de la socarronería política, hace surgir eso que La Chalana califica como un brote de farsa, interés y miedo. Quizá nosotros también debiéramos organizar un coloquio sobre el estudiante de la mesa cuadrada, y citar a los estudiantes inquietos de siempre, a los que lograron el grado académico empujados por el destino, sin tomar en serio eso de las licenciaturas y los doctorados, y que por eso siguen con la alegría en el alma y la risa en los labios; y entonces se invitaría a vivos y muertos, porque los que ya disfrutan de la tumba fría, siguen viviendo en los chispudos recuerdos de lo que dejaron escrito. Y así, se citaría, bajo apercibimientos de ser conducidos por la misma policía del diablo, que en realidad existe, según el testimonio del cuentista mexicano, Eraclio Zepeda, para que se diera cita al Huevo Guzmán, Chus Guerra Morales, Pepe Hernández Cobos, Javier Duque, Cuca López Larrave, Fito Mijangos, el Sordo Barnoya, y en fin, a cuanto estudiante vivió la Universidad a plenitud, incluyendo el jolgorio de la Huelga de Dolores, para que nos contaran de tantas cosas y otras más que sucedieron en los corredores y en las aulas de sus facultades. Y entonces comprobaríamos que la picaresca en el Alma Mater, en todas sus manifestaciones, incluyendo las de la vida diaria, ha tenido siempre la virtud de ser expresión de ingenio y buen decir, sin caer en la expresión vulgar que no consigue salir de los escatológico. Y con la utilización de ese ingenio universitario, se logró durante mucho tiempo que la vida en la Universidad, a la par de la disciplina que exige el cultivo de la ciencia, también existiera el lado alegre y festivo, para sacar a bailar al compañero, al rector, al decano, al profesor, al político y al politicastro, al presidente que nada preside, al diputado que hace y deshace las leyes, en fin, a cuanta persona es sujeto de la vida de la Universidad y de la Patria. ¿Cómo olvidar a los maestros de rostro adusto, incapaces de reírse aun cuando se les pasara una pluma de loro en la planta de los pies? Y sin embargo, también estaba el maestro amigo que, como en el relato de La Sociedad de los Poetas Muertos, repartía simpatía y confianza en el futuro doctor o licenciado. Eso y muchas cosas más era nuestra querida Facultad de Derecho de la 9ª. avenida: ciencia y compromiso con el destino humano; actitud para entender que el derrotero científico no es un camino fácil y que se le hace un gran daño a la sociedad si el problema del enfermo, del reo, del que quiere construir algo, no encuentra la suficiente solidez científica en el servicio profesional que requiere. Pues de ello se nutren estos otros recuerdos de la Facultad de Derecho: de lo alegre, de lo trágico, de lo conmovedor, de los días de estudio y de los días de exámenes; de las sesiones de la Asociación de Estudiantes El Derecho; de todas las historias que forman el tejido de la memoria facultativa. Los recuerdos que narraré a continuación no son vivencias personales. En verdad me han sido contadas por otros estudiantes y otras las he tomado de lecturas de grandes universitarios de ayer, casi siempre con vaso lleno de guaro en mano, en reuniones de la Universidad, del Colegio de Abogados y más de algún convivio que permite alternar en los aún fríos meses de diciembre.