La verdad es que ya deberíamos estar más que acostumbrados a los resultados deportivos de Guatemala, pero aún con tanta experiencia no puede uno sentir sino decepción al ver el pobre resultado de nuestra selección nacional en las eliminatorias para la siguiente copa del mundo. Y es obvio que ese sentimiento embargó a los cientos de miles de aficionados que, contra todo lo que la lógica indicaba, alentamos la esperanza vana de lograr un resultado positivo.
Cualquiera pensaría que los responsables de este nuevo fracaso, los dirigentes deportivos del país que manejan millonarias sumas provenientes no sólo del sector privado que ha sido generoso sobre todo con el fútbol, sino del pueblo que con sus impuestos financia los excesivos recursos asignados al deporte, estarían a estas horas preparando sus renuncias asumiendo la responsabilidad del fracaso. Por supuesto que esa suposición es tan vana como la que tenía la afición al suponer que ahora sí iríamos al Mundial de Fútbol, porque de la misma manera en que la constante dice que no tenemos capacidad para competir a ese nivel, también nos dice que entre los dirigentes lo que menos hay es el rescoldo de dignidad que les haría dimitir.
La Hora insiste en que la estructura del deporte en Guatemala es deficiente e improductiva y que meter dinero a esa dirigencia inútil y aprovechada es tirar el pisto a la basura y alentar la corrupción. No hay un ejemplo en el que se pueda ver que la mayor disponibilidad de recursos asignados tanto al deporte olímpico como el federado se traduzca en un rendimiento que corresponda a la inversión. Si acaso de manera extraordinaria se produce el éxito de un deportista, hay que verlo más en las condiciones naturales y la destreza individual que en el trabajo colectivo para propiciar el éxito.
Claro está que ayer perdieron los jugadores y fracasó el entrenador. Pero su papel fue apenas el reflejo de la ausencia de trabajo estructurado para fomentar un deporte de alta competición y los responsables son los dirigentes tanto de la Confederación Deportiva como de la Federación de Fútbol que, junto a las otras federaciones en el país, no sirven más que para facilitar viajes y beneficios a los dirigentes que a cambio no le ofrecen nada al deporte nacional. Gente que usa esos puestos dizque «ad honórem» como alimento para sus ambiciones y para su vanidad personal sin entender que lo único que reciben de la población es el desprecio por su comportamiento voraz e insensato.
No hay credenciales para justificar su permanencia en los cargos, pero tampoco hay dignidad para esperar que renuncien.