Qué interesante es eso de que en Guatemala tenemos proclividad por elegir gobernantes con bigote porque, según la hermenéutica de los entendidos, con ese perfil nos parecen más formales, inteligentes y hasta con cualidades de mando. Yo no estaría tan seguro de eso. A mí me parece que si los electores se inclinan por esos personajes son por razones distintas y hasta mucho más interesantes. ¿Qué le parece si nos aventuramos a otra aproximación?
Podríamos atrevernos a decir, sólo como hipótesis, que los electores se han inclinado por gobernantes con mostacho por razones más bien cómicas. ¿Diga si no es payaso el bigote de un Ríos Montt, por ejemplo? Y claro, ese bigote con la expresión del viejito es graciosísima, si lo que lo echa a perder son sus declaraciones públicas, pero visto así, sin decir nada, compite con la perilla de un Salvador Dalí, para mencionar a alguien.
También es posible teorizar que los electores en Guatemala se han decidido por los que usan bigotes porque va con la estética propia de un político. Por supuesto, así como es difícil imaginar a un gallo sin cresta, es complicado forzar a la mente para que imagine a un político sin bigote. La razón es más bien estética. El bigote ha sido más propio de los hampones, de los capos de la mafia y también de los políticos. Quítele el bigote a Pablo Escobar y verá su similitud con Juan Pablo II.
Otra posibilidad en cuanto al éxito del mostacho puede deberse a la consideración de los electores. Estos saben, quizá, que esos bigotes esconden algo: complejos, ausencia de autoestima, dificultades de aceptación y muchas deformaciones raras. Con semejante realidad, los electores (educados cristianamente) tienden a favorecer al desgraciado, sienten piedad y lástima y, conducidos así, dan su voto. En realidad, los políticos se aprovechan de ese lado sentimental y piadoso del pueblo.
Estando así las cosas, deberíamos dudar que la gente los vote porque parecen machos y autoritarios. No, la población siente inclinación hacia ellos porque necesita gobernantes que parezcan graciosos (incluso algunas veces payasos), porque es consciente que el bigote les va de perla a los políticos (como le va a los hampones) y porque, finalmente, dan ganas de llorar y recuerdan que Dios siempre está a favor de los desgraciados. No es nada distinto a esto.
Sólo queda una pregunta: ¿Por qué cambia ahora el paradigma con Pérez y Colom? No lo sé. Una explicación podría ser que los arquetipos mudan. Los Corleones posmodernos ya no necesitan bigotes y se presentan «limpios de cara». Ejemplos prototípicos son los casos de Bush, Putin y Chávez que se muestran al mundo de manera diversa. Hay otros que siguen de conservadores y que sin duda morirán perseverantes con su bigote: Daniel Ortega será uno de ellos.