Ahora que se trata de hacer propaganda con el tema del combate a la corrupción, es importante señalar que los gobernantes tienen que tener cuidado especial con las apariencias, puesto que la relación entre gobernantes y gobernados tiene una íntima relación con las percepciones. Todo el cacareo sobre la probidad y búsqueda de transparencia se derrumba cuando el ciudadano se da cuenta que el Presidente sigue viajando en el avión privado de los distribuidores del gas propano y que el precio de ese producto se mantiene más alto en Guatemala de lo que está en el mercado internacional. Nos puede decir el Presidente que él no se vende, que no compromete políticas de Estado por los favores que le hacen sus amigos empresarios, pero cuando el ciudadano ve los hechos el palabrerío sale sobrando.
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Si en tiempos de Portillo se hubiera dado una situación como ésta, seguro que todo el mundo hubiera pegado el grito en el cielo porque es natural la sospecha de que pueda darse un tráfico de influencias. Cierto que puede haber mayor tráfico de influencias en situaciones menos visibles y burdas, pero vuelta al tema de las percepciones, porque lo que cuenta para moldear la imagen que la ciudadanía se hace de sus autoridades es la forma en que percibe su comportamiento.
Es el mismo caso de lo que he insistido tanto respecto a los programas de cohesión social. Cabalmente porque creo que son no sólo válidos sino necesarios en nuestra realidad actual, he insistido en que tiene que redoblarse el celo para hacerlos transparentes y evitar toda sombra de duda que sirva para alimentar las críticas de quienes no creen en la importancia de programas sociales y hasta los condenan por cuestiones ideológicas. Pero lamentablemente no se ha dado ese esfuerzo por hacer que las cosas sean absolutamente cristalinas para que sean y parezcan honestas, de forma tal que se elimine el espacio para lo que ya se sabe que será una crítica consistente y perdurable.
Todos los gobernantes se quejan de que la opinión pública tiene reacciones para ellos incomprensibles y es porque sienten que se les interpreta de manera equivocada y se les juzga mal sin razón. Pero ninguno de ellos tiene la humildad para aceptar que sus actuaciones generan esa percepción de poca honestidad que luego se traduce en la certeza de que están sacando raja del ejercicio del poder. Por ello es que al final de los períodos, todos tenemos la convicción de que hubo aprovechamientos ilícitos para enriquecer a gente que estaba en el poder. Porque es un hecho que descuidan de manera radical las apariencias y creen que la gente tiene obligación de creerles cuando dicen que son honestos, que no roban ni se aprovechan de las ventajas del poder.
La historia, sin embargo, es prolija en mostrarnos lo contrario y salvo casos excepcionales, como el del doctor Arévalo posiblemente, en Guatemala el ejercicio de funciones públicas ha servido para que los funcionarios se harten y engorden sus billeteras. La suspicacia, entonces, tiene una razón histórica que no pueden pasar por alto los políticos porque aquí sí que ha sido válido el adagio de que se acierta pensando mal. Darle el beneficio de la duda a un político en materia de corrupción puede ser un error irreparable a la luz de las evidencias que nos ofrece nuestra historia.