Johannes Brahms amó inmensamente a su ciudad adoptiva Viena, y se llena de orgullo al comentar hechos grandiosos del Imperio, deplorando que su Austria se quede tan atrás en la imitación de aquellos hechos grandiosos.
Era más teutómano que cosmopolita. Que se sepa, no estuvo jamás en Francia ni siquiera en París, aunque conocía a fondo toda la música francesa, y notoriamente, una de las obras que más estimaba, la Carmen, del malogrado George Bizet. Inglaterra le interesaba más que Francia y tampoco estuvo en Londres, a pesar de las continuas instancias de su gran amigo Joachim.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela
Todas sus simpatías se dirigían a Italia, donde estuvo varias veces, llegando hasta la misma Sicilia, y de donde volvía siempre encantado. La música de Brahms es un tributo a Casiopea, esposa de lucero, que en su alma de puntillas todo el vibrar sonoro de los mares ancestrales y en sus calles de lirio se deslizan mis alas grises.
Tenía cosas, como se dice popularmente y son características de sus finas ironías, que tenían la ventaja de no ofender a nadie. He aquí varios ejemplos:
Regresaban él y algunos amigos de una excursión, cuando uno de los excursionistas halló a un amigo, gran filólogo, no músico: presentado el filólogo a Brahms entran pronto en conversación. “Puede usted honrarnos con su compañía –le dice el maestro– y queda usted citado para el domingo próximo”. “¡Vaya un papel que me tocará desempeñar! ¡Saúl en medio de los profetas! –repuso modestamente el filólogo– ¿Cree usted de veras –añade Brahms– que posee tales aires reales?”
Hablábase en una tertulia de la fealdad extraordinaria de una cantante, y se disputaba sobre el arte superior de la artista que se sobreponía a la fealdad. Réplica de Brahms: “Sí, esto es muy santo y muy bueno para los músicos y para el arte, pero no para las exigencias de la vista”.
Se hablaba del libro de Rubinstein: La Musique et sus représentants, entretiens sur la musique, en cuyas páginas, sea dicho de paso, no se menciona siquiera una sola vez a Brahms. “¡Ese Rubinstein! ¡No puede hablar de Haydn sin la muletilla de papá Haydn! Y yo aseguro a ustedes, que Rubinstein habrá dejado de ser ya mucho tiempo abuelo, bisabuelo y tatarabuelo… cuando Haydn será todavía el papá Haydn”.
Le visita un artista extranjero acompañado de su mujer, cuéntale que en el espacio de pocos años se ha casado tres veces, y que aquella es su tercera mujer. Brahms tuvo ocasión de encontrarle dos o tres veces durante la misma semana, exclamando imperturbablemente cada vez: –“¿Cómo? ¿Siempre la misma mujer? ¡Qué fastidio! ¡Qué monotonía!”
Decíale un pedante importuno, que él conocía todas las obras de su admirado maestro. Suena la orquesta: Brahms indica al importuno que tocan algo suyo, y el pobre diablo escucha poniendo los ojos en blanco. “¡Divino, colosal! –exclama al terminar su pieza. Brahms calma los arrebatos del pedante, diciéndole al oído: –“Perdóneme Usted: no es mío lo que ha tocado la orquesta. Me he equivocado. Era una marcha militar de Gungl”.
Odiaba a esta clase de tipos. Una mujer que solicitaba un autógrafo le contestó en una ocasión: –“Señora, vuelva usted mañana: necesito ensayarme”.
Tocaban un día él y un amigo la sonata para violoncelo de Beethoven, y Brahms, digitaba con desusada energía. –“Pero, maestro –dice el violoncelista– ¡apenas ni oigo mi violoncelo!”– “Pues no sabe la suerte que tiene su violoncelo”– exclama de repente Brahms, soltando una sonora carcajada. Quejábase un principiante de su editor, que no acaba de publicar su primera composición trascendental.- “Cálmese usted, amigo –le dijo Brahms:–, el mundo tiene más paciencia”.