Damas elegantes con sombrero, distinguidos caballeros ingleses, corteses camareros vestidos de blanco: más de un siglo después de su primer viaje, el mítico tren Oriente Express sigue haciendo soñar, entre París y Estambul, a los nostálgicos de la Belle Epoque y a los émulos de Agatha Christie.
El trayecto original -París, Budapest, Bucarest, Varna, Estambul-, que hicieron por primera vez, en 1883, unos 40 pasajeros invitados por el constructor del tren, el belga Georges Nagelmackers, ahora el Oriente Express sólo lo recorre una vez al año, y con un público selecto y con fortuna.
En efecto, hay que pagar no menos de 6.340 euros (8.670 dólares) para figurar entre el centenar de privilegiados que ocupan, durante una semana, los 15 lujosos vagones del convoy, todos de época, decorados con marqueterías Art Déco y otros paneles del maestro vidriero francés René Lalique.
Al llegar a orillas del Bósforo, ninguno de los pasajeros, recibidos con alfombra roja, fanfarria otomana y personal en babuchas y turbantes, parecía lamentar la semana pasada su oneroso capricho.
«Es el viaje de mi vida», declara Anton Giredi, un hombre de negocios llegado de Salt Lake City, Estados Unidos. «La comida es exquisita, el tren es un viaje en el tiempo -hemos viajado como hace 80 años- y el servicio es absolutamente impecable».
«Fue un viaje espléndido, todo transcurrió con suavidad y sin fallos», comenta Andrew Smith, un británico trajeado de lino blanco crema, a quien no habría desmentido Hercule Poirot, el célebre detective de «Crimen en el Oriente Express», libro publicado en 1934 por Agatha Christie.
Y, de hecho, en el Oriente Express, se hace todo para recordar la edad de oro del tren, el periodo de entre guerras, cuando reyes y reinas, artistas y espías recorrían Europa a bordo de ese palacio sobre rieles.
Por supuesto, los bluejeans están prohibidos y se recomienda los vestidos largos, de fiesta, prescripciones que encantan a los clientes.
«Hemos vivido el cuento de hadas más allá de lo imaginable. Los vestidos de gala, los señores en smoking… ¡Era tan elegante!», se maravilla Marie Franí§oise Pommeau, una francesa. «Por supuesto, se piensa en Agatha Christie y algunos intentan ubicar la cabina donde se produjo el asesinato», dice.
El mismo personal -una cohorte de 40 mozos, camareros y marmitones- se presta a este juego de ilusiones.
«Cuando comencé a trabajar aquí, hace 14 años, me enamoré de este tren», explica Massimo Paganello, responsable de la tienda del Oriente Express. «No es sólo un trabajo, es como ser actor. Me divierto mucho».
Como no podía ser de otro modo, el tren tiene sus «habitués», gente adicta a la atmósfera tamizada y sin tiempo del palacio rodante.
«Hay alguien que va de París a Venecia cuatro veces por año, porque tomar el Orient Express es su vida», cuenta el «chef» del tren, Christian Bodiguel, que alude al actual trayecto más frecuente del famoso convoy. Bajando la voz, agrega: «Un día, ella me dijo que su sueño sería morir a bordo».