“¡Yo soy ese lector increíble que haría feliz a cualquier autor si se lo pudiera encontrar siquiera una vez en la vida!”
¿Qué siente, qué podría padecer el Celal impostor, el Celal suplantador-suplente, el falso Celal, en fin, Galip encarnado en el espíritu y alma de Celal, ante el sinuoso discurso de un extraño a lo largo y ancho de diez compactas, ansiosas e intensas páginas del libro negro escrito,
Sin hendeduras ni fisuras, en que el explorador-explotador de su vida y obra (“Dame tu dirección”), con estilo catártico y modulación entre transigente y sibilina (“Dame tu dirección y…”), expone un friso verbal con fragmentos antológicos de los artículos celalianos, a manera de capricho musical atonal, bien o mal coagulado, con la claroscura intención de impresionar-convencer (“Dame tu dirección”), demostrar sus aptitudes de espejo que fue haciéndose más con letras del rostro que con mercurio, más con asombro que con dispersión de su reflejo?
¿Qué sentir, cómo soportar una provocativa enumeración selecta de partes de columnas publicadas, vértebras dislocadas y colocadas no precisamente al azar, que van desde “Hermano mío, sé que eres dueño de una pluma capaz de convertir en realidad todos los sueños, las historias más extraordinarias, los milagros más increíbles”, a “Sé también las jugarretas a que sometes al abogado marido de tu hermanastra para poder encontrarte con ella y reíros de todo hasta el amanecer…”?
Esta última saeta, satírica, del anónimo sagitario telefónico, directa al oído, cerebro, sensibilidad, sentimientos de Galip-Celal, como una revelación-confirmación aleatoria del ¿mismo? misterio del que es parte, delineado para ser leído más allá de las letras.
Esa relación fragmentaria, esa sucesión de recuerdos de lo leído cortados y contados con la “cifra”, se parece a la película cinematográfica que dicen aparece en la mente del que está en agonía a la velocidad de la sombra. ¿El que comienza una búsqueda apoyado en la palabra impresa es el mismo que al término encuentra otra cosa que lo incluye? ¿Valía la pena regresar a Ítaca porque Penélope era la misma que otro Odiseo había dejado?
(La evocadora cita de Isak Denisen acerca del califa de Bagdad Harun al-Rashid, “al que, como saben, le gustaba pasearse disfrazado”, empalma con y justifica, si fuera el caso, la propensión excéntrica y “romántica” de Celal a imitar al héroe de Las mil y una noches pero con diversos “ropajes históricos”. Si según Denisen aquel gobernante fue “el que más se acercó al espíritu de Dios” por andar confundido entre la gente, Celal, a su vez, como complemento a su relevante escritura, ¿asimismo tenía cercano el espíritu de Allah, por incrédulo que fuera? Ah, y Galip, reflejo escrito del espejo de Celal).