Orhan Pamuk: El Libro Negro (XXXVII)


rene-leiva-pixeleada

“Leer es mirar al espejo; los que conocen el ‘secreto’ que hay detrás, pasan al otro lado y los que ignoran el secreto de las letras no encuentran en este mundo nada más que sus insulsas caras.”

Insiste el tenaz desconocido interlocutor telefónico, casi anónimo, con varios seudónimos, incluido “Mehmet El Conquistador”, quien adopta un tono entre suplicante y amenazante, que acosa a Galip en la creencia de que es Celal (por teléfono Celal es suplantado a maravilla por Galip), acerca de cierto inminente golpe militar, toda vez que conoce al columnista mejor que nadie (“hermano mío” le llama), mejor que el propio periodista, un “erudito” en Celal, pero no más que Orhan Pamuk, diríase.

René Leiva


(Entonces la línea telefónica todavía era, y es, un cordón umbilical concreto, el hilo o alambre que recorre uno y otro extremo de la ciudad para unir hambres y nutrientes indiferenciados por el prodigio de la palabra articulada, pero sin las letras de las caras).

Hasta cierto punto el intruso es un lector y comentarista, intérprete y descifrante singular de este libro negro, y también Galip, y algunos periodistas compañeros-rivales de Celal en la medida que el libro se escribe y no saben ¿o sí? que a su vez son escritos, anotados, resumidos, incluidos dentro del espejo.

“No era una casualidad que en turco se llame ‘secreto’ a la sustancia química que convierte al cristal en espejo.”

No hay nada casual en El libro negro. ¿Son causalidades las palabras ocultas en el crucigrama vacío, los tics velados en la máscara del rostro, los pronósticos de sueños ya olvidados, que “Rüya” sea el nombre de un cine en Beyoglu, el encuentro de los primeros pasos al final de la búsqueda, que Galip termine o comience por ser Celal, que un lector cualquiera (o cualquier lector) pase al otro lado del espejo y regrese jamás?

En la dialéctica conversación (dos versaciones o versiones) a distancia, el “otro” intenta perpetrar una autopsia in vivo a Celal, ¿in extremis?, o biopsia o endoscopía con base en los artículos del columnista a lo largo de décadas. Pero es la perorata que brota de la peligrosa boca de un lector-intérprete fanático perdido en los caóticos subterráneos conceptuales de Celal. Un astuto tejedor de su tramposa logomaquia para hacer cómplice al columnista de una nebulosa conspiración política de la que el propio (el verdadero) Celal tendría que estar enterado. Enterado, enterrado.

¿Qué novelista no ama, a su manera, los extraños personajes de su imaginación, su presentable teratología, a veces como Judas amó a su maestro?