Orhan Pamuk: El libro negro (XXXIV)


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“El estilo personal: la escritura comienza imitando lo que ya está escrito. Es algo natural. ¿Acaso no empiezan los niños a hablar imitando a los demás?”
“Estilo, Diccionario de literatura TAHIR-UL MEVLEVI.”

Han tenido que pasar veintiocho intensos capítulos para que aparezca el primer texto escrito, vivido, leído, recordado, inoculado… por Galip. Y estar solo. Ser solo. Solamente después de mirarse al espejo y leer su cara. La inscripción, el (pre y post) epitafio en la lápida que cree es su rostro.

René Leiva


Rememora Galip su niñez y su matrimonio con Rüya (“esa muchacha pariente mía con la que comparto el mismo techo y la misma chimenea”) y todas sus reminiscencias están referidas a letras, palabras, escrituras, textos, desde cartillas y tebeos y revistas ilustradas con subproductos seudoculturales desechables de Occidente. Ya por entonces ambos tenían una cultura mestiza, híbrida, un tanto antitética… ¿No es Asia, y antes África, la matriz cultural de Europa? ¿En qué se diferencian la flor y el fruto de la raíz?

    Rüya, lectora alienada o enajenada de novelas policiacas, saturada su alma de ficticios o cinematográficos héroes occidentales, muy esquemáticos o estereotipados, por supuesto antagónicos de la realidad turca y de cualquier realidad.

    Celal el héroe de Galip, Galip el héroe o antihéroe de Rüya? A Rüya solo la conocemos dormida, ausente, desaparecida, recordada, ¿inventada?, fantasmal, aludida, amada, vacía extrañada, buscada… muerta. (Salir, irse, desaparecer, iniciar una ventura… es la raíz desarraigada de casi todo relato, incluso sin moverse de casa.)

     se imagina ser el héroe de las historias que Rüya leía. Pero ¿cómo era posible que ella lo amase si él no tenía pasta ni figura de héroe comercial?

    ¿Qué historia memorable puede brotar de una existencia compartida en la mediocridad y la vulgaridad plasmadas en fotografías domésticas de una pareja emparejada en serie, como una viciosa reiteración cotidiana, cada “unidad” en su respectivo molde inescrutable e indescifrable? Y sin embargo…

¿Nunca Rüya y Galip leyeron y desentrañaron sus respectivas caras, uno al otro, y, así, tratar de eludir el vacío, ese ubicuo vacío que hasta la nada metafísica abomina, e intentar llenarlo con algo más que convenientes disimulos y distracciones?

 “Lector, ¡eh, lector! (…) Ponte en mi lugar mientras lees esto y presta atención a mis señales; porque sé que hablando de mí estoy hablando de ti y tú sabes que al contar tu historia estoy hablando de mis recuerdos”.