Orhan Pamuk: El libro negro (XXIX)


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“(…) El sentido del universo entero había desaparecido después de que esa extraña expresión apareciera en la cara que lloraba dejando al verdugo en su terrible soledad (…)”

El verdugo no podía regresar a Estambul y mostrar la cabeza de su víctima como prueba del cumplimiento de su misión si el rostro lloraba e incluso gemía. Pero, verdugo al fin, Omer el Negro logró que la cara sonriera a fuerza de herramientas de tortura propias de su profesión.

René Leiva


Pero el desconcierto persiste: ¿cómo relacionar, sin atormentar a la loca de la casa, de manera lineal, sin interferencias intrusas ni atajos sombríos, la cabeza del bajá, cuyo rostro lloraba, con el solitario llanto de Galip, en el tiempo de hoy, provocado por la contemplación emotiva de fotografías reunidas por el propio Celal, autor de la versión del verdugo y su llorante última víctima, por la que el propio sayón será ejecutado, sospechoso de haber ajusticiado a un impostor (sonriente, a la postre)? ¿Leyó alguna vez Galip este texto de su primo? 1: (Y Rüya?) 2: (¿Y Rüya?).

Alterar por medios heterodoxos, por cualquier medio, una cara ya sin vida pero llorosa, sus letras, sus palabras, su texto, su mapa, su historia –poema, ensayo, novela, cuento–, como hizo el verdugo con la cabeza de Abdi bajá, trocar su llanto en fingida o forzada sonrisa (y devolverle al paisaje, al mundo, su antiguo orden), le costó su propia cabeza.

Relatado con magistral talento, un cuento, fábula, apólogo cruel, “amoral”… Pero no sólo el verdugo, o el maquillaje, o el retoque a una fotografía, puede o se atreve a modificar la antigua y demorada escritura de un rostro. También cada cual…
 
El verdugo no es exactamente un asesino en serie. Tiene mandato, orden y autorización de la ley, del Estado, de la comunidad, de la justicia, del orden establecido, del derecho, de la costumbre… ¿Abstracciones? Tanta abstracción, más hablada y escrita que pensada, sentida y vivida se concreta y concentra en la “cifra”, así llamada una navaja especial para decapitar ajusticiados de carne y hueso, auténticos o impostores.

Si el verdugo no hubiera borrado el llanto del rostro que lloraba… La persistente alma del rostro era su llanto. Desfigurado a la fuerza, perdió su alma. Fue impostor, otro, otra escritura.

El libro negro, el orbe, la vida, la existencia, las caras de remoto barro, todo es escritura ya escrita, que se escribe, que está por escribirse. Palimpsesto tejido, sí, de palabras sobrepuestas, de significados que negando afirman.