“¿No era mejor ser la mala imitación de otro que ser alguien que ha perdido su pasado, su memoria y sus ilusiones?”
Ulises turco, en su odisea de una semana por Estambul, después del prostíbulo y de las nevadas históricas de amor, Galip se encuentra de visita en un infierno dantesco en que las almas de los condenados a ese subterráneo son maniquíes del mismo barro, lugar ya conocido por Celal, en que el propio columnista tiene réplica exacta, con su respectivo grabado facial de “el misterio de las letras”.
Y vuelven, o siempre están ahí y allí, recurrentes, más allá de las anécdotas que son el sustrato de casi toda historia, la mismidad, la otredad, el yo, los espejos, la vital certidumbre de la duda… Nadie es el que es… Todos somos mimos, esclavos de la mimesis que nos hace ser únicos… Únicos pero repetibles…
Solo puedo ser yo mismo cuando rompo el molde de lo mismo, sin intermediación de espejos.
Mi mismidad la logro en el intento de la otredad, solo soy yo mismo en el otro u otros que me habitan. ¿Dónde escondieron mi maniquí? Lo necesito.
No estoy preparado para otro infierno, nadie lo está.
(En este como en otros casos excepcionales la traducción del turco al español es una obra de arte implícita y paralela, obvia, y oculta, Rafael Carpintero. Traducción nacida del mismo esperma pero en otro óvulo… Hermana gemela o siamesa. La misma sangre, los mismo huesos, el mismo aliento, pero con otros gestos, “el misterio de las letras”.)
“…Un secreto que Celal sabía pero que le ocultaba a Galip, el misterio de un segundo universo en nuestro mundo, el modo de salir de un juego que había comenzado siendo una broma y se había convertido en una pesadilla…” ¿Es posible ser uno mismo en ese segundo universo, y solo allí, más que una sombra, otra? ¿Por qué no somos simples? ¿De qué nos la llevamos en el intento de darle forma al polvo?
“…El problema más importante de la vida era si uno podía ser él mismo o no, pero, cuando Galip comenzaba a representarse la historia en su imaginación, se durmió sintiendo que se convertía, primero en otra persona, y luego en alguien que se quedaba dormido.”
Admitámoslo, vivimos del engaño y es nuestro sueño más profundo. Schopenhauer y Dostoievski juegan pimpón eterno, pero no en la eternidad, señores.