“¡Odiaba a ese columnista (piensa Celal de sí mismo) que creía saberlo todo, que cuando no sabía algo sabía que no lo sabía y que había aprendido, de una manera un tanto presuntuosa, a tratar sus faltas y excesos con tolerancia!”
(No me imagino al excepcional novelista, o a Celal Bey, en su defecto, recostado en un diván de mi elegante clínica sicológica y siquiátrica en la Universidad de Columbia, N.Y., en plena catarsis, mientras yo miro distraído, sin tomar notas, por el amplio ventanal que da a los bien cuidados jardines.)
Ante dos preguntas de un lector, barbero -“¿Le cuesta trabajo ser usted mismo?” y “¿Existe algún medio para ser solamente uno mismo?”, Celal responde con “inteligentes” chistes, al parecer, previstos por el barbero misterioso. “No buscamos el misterio, somos el misterio” podría haber descubierto Celal con Pablo Neruda durante sus crisis de identidad condicionadas por cómo los otros creen o quieren que seamos, para no dejar de ser él mismo en la rutina diaria y en cualquier circunstancia.
Nada embriaga tanto como el misterio, sobre todo si es evidente, si es cotidiano y se toca con los ojos, como la propia luz. Embriaguez, por cierto, de toda la vida, cuya amada resaca es ella misma, sin menoscabo del propio misterio.
¿Acaso el otro, el que soy – no soy, es la medida de mí mismo? (Incluso en medio del horror o del éxtasis tienta ensayar disquisiciones “estériles”, no precisamente lejanas de la vida.)
Para quien sabe mirar, los rostros humanos son tan expresivos y significativos que puede leerse en ellos las letras, las palabras y textos completos de su existencia.
La siempre posible, probable otredad. Los contadores de historias también quieren ser otro, otros… Inventar y perderse en una diferente identidad… Y no para llenar trillados o falsos vacíos existenciales…
“…recordé que… no había podido ser yo mismo y que me imitaba a mí mismo, a ese yo que era la suma de todos los individuos a quienes imitaba.”
Los demás me convierten en ese otro que no quiero ser (una construcción mental, otra, sugerida y casi exigida por los otros), que me evita o me impide ser yo mismo.
El medio para ser solamente uno mismo es en la soledad y el silencio – ya sin imitar a nadie, sin querer (necesitar) ser otro.
“…El hecho de que uno pueda ser él mismo quedándose a solas sentado en su sillón después de un largo día y una larga noche se parece a la vuelta a casa del viajero que ha pasado años realizando un largo recorrido lleno de aventuras.”
¿Sin Penélope? Sin Penélope.