“Te amaba cuando tomaba con cuidado tu cabeza entre mis manos y veía aterrorizado en tus ojos adónde iban nuestras vidas.”
Galip cree que su historia con Rüya, cuyo final no logra adivinar, por fortuna, merece ser escrito por alguien e incluso por él mismo… Pero ese otro alguien -lo intuye el lector- no podría ser Celal ni mucho menos Rüya porque los muertos no suelen escribir sus propias historias hasta más allá del punto final.
(Y nada tan convencional, en materia novelística, que darle término a una historia porque siempre, siempre, siempre es el inicio de otra, o indica continuación, engarce, transición, semilla.)
Escríbase o no esa historia de amor, al menos en El libro negro Galip deja estampadas cuatro intensas páginas de poética catarsis amatoria, la resaca diferida o contenida después del vaho verbal, mareante y un tanto intimidatorio del desconocido lector telefónico que supone hablar con Celal.
Un cántico de sosegada, resignada tristeza; por tanto, sin el cinismo del dominante ni la cursilería del dominado. Revista o revisitación de instantes vividos en común, perdidos por irrepetibles y matizados de misterio, más por arte de la imaginación sensitiva que de la memoria. Pormenores omisos, latentes y latientes que necesitaban el humus de la separación para brotar a otra muerte. Células emocionales, combinaciones de química cerebral con alquimia del sentimiento…
(¿Es (o fue) acaso la ternura otra “construcción” cultural o civilizatoria, una moda cursi “derrotada” por el más bestial de los peores y falsos cinismos – precisamente al margen de ternezas prodigadas entre bestias selváticas o enjauladas?)
Cómo la ausencia exhuma disimulos convenidos, rescata de escondidos atajos mentales, da otra luz así sea mortecina, otorga otro significado a huellas recientes…, pero insinúa inconclusos relieves al alejamiento.
La memoria ciega y su lazarillo la imaginación en su deambular introspectivo descubren los andamios y las costuras del amor; unos para levantarlo, otras para unirlo.
Galip sublima y poetiza sus recuerdos con Rüya a la medida de lo humano; de tics y hábitos prosaicos; de indicios que desnudan el temor a la sospecha sonámbula.
“Te amaba” repetido con anestésica unción de letanía recién cortada. “Amaba”, pretérito imperfecto: la acción del verbo ya ha pasado pero aún no ha terminado… El pasado no termina de pasar, al menos en la letra. ¿Es unilateral el amor, suele sentirse y percibirse desde otra orilla de su “objeto”, no obstante o precisamente por ser éste su razón de ser?
“Te amaba como si reconociera en ti mi propio cuerpo, como si buscara el alma que me había abandonado, como si comprendiera con pena y alegría que me había transformado en otra persona.”