Orhan Pamuk: El Libro Negro (V)


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En la ruta, que elude rutinas, de una búsqueda en que las cosas están grávidas de significados y cualquier pormenor puede ser una pista obvia o velada, hay hallazgos marcados por un destino que escribe y describe los pasos del aventurado pesquisidor…

René Leiva


Quien busca encuentra lo que no buscaba, y al que nada busca todo le sale al encuentro. Y qué buen mapa el disimulo y qué buena brújula la distracción y qué buena Estrella Polar la abstracción.

Entre una noche de insomnio de Galip y su visita a Saim, el coleccionista de revistas (“Saim dijo que no cambiaría nada saber que la escritura, que cualquier texto, no trata de la vida sino del sueño, por el mero hecho de ser escritura”), nos encontramos con el capítulo Los hijos del maestro Bedii, el fabricante de maniquíes, oficiante de una artesanía desconocida por aquella sociedad, “si exceptuamos detalles ‘folclóricos’ que huelen a estiércol y aldea como puedan ser los espantapájaros”. El maestro Bedii no creía en la prohibición de imágenes en el Islam. ¿Acaso no es imagen lo que llamamos pensamiento?

Y las películas occidentales como culpables de la pérdida (parcial, relativa) de identidad, de “pureza”, de genuinidad, de “nuestra ruda e infantil inocencia”. Los maniquíes del maestro Bedii, copias exactas de la humana fauna turca, condenados al encierro subterráneo de derrotada oscuridad… ¿El alma turca muerta o perpetuada en madera, yeso y cera y condenada a no volver a la luz…?

(Con un dedo que no intenta cerrar el libro de buen formato, 578 páginas, se condensa una digresión en el subconsciente del lector: La teología, niña, dormida en brazos de la superstición. Las tradiciones, sombras aurorales, cenitales y crepusculares de la “modernidad” y sus novedades innovadoras. Nada que perdure comienza sin una raíz. Pongámosle sendos espejos a Jano Bifronte. Oriente orientó a Occidente hasta el final de los tiempos. Asirios, sumerios, medos, caldeos, hindúes, egipcios, fenicios, en calidad de rizomas fósiles y vivos – lirio y jengibre– que todavía entibian los huesos de las letras y aromatizan el tejido muscular de la escritura en Europa y América.)

Ser como somos, a nuestro pesar, “no es sino el castigo por la insistencia en ser nosotros mismos”. “La edad puede doblarnos la espalda, pero insistimos en ser nosotros mismos.”

Sólo descuartizado puede un país –¿Turquía, Guatemala?– dejar de ser él mismo, si alguna vez lo fue. Porque incluso el individuo es ¿un? Ser fraccionado, divisible y dividido en partes desiguales, sin mismidad porque vive en constante hacerse, siempre seducido por la otredad, ser otro.