“Envidio a las piedras de los solitarios desiertos, a los roquedales entre montañas en las que el hombre nunca ha puesto el pie y a los árboles de los valles que nadie ha visto sólo porque pueden ser ellos mismos – dictó el príncipe con voz fuerte y decidida.”
El Príncipe heredero que se destierra en su propio futuro reino, aislado en un pabellón de caza, para sostener una lucha depurativa de influjos, influencias, ascendientes, inducciones… y así liberarse de cuanto no le es privativo y poder ser él mismo, pero a la vez, libre él, liberar a millones de hombres y mujeres también esclavos de dominios extraños y tendencias a la imitación servil de lo que no son…
Un árbol es un árbol y nada más que árbol; un perro es un perro y nada más que un perro… Aun cuando el espíritu humano a toda cosa otorga segundos significados que no alteran su “esencia”. ¿O sí? El hombre, un hombre o una mujer, ¿qué son, además de hombre o mujer? ¿Cómo saberlo? Y ese terrible “además” que colma todos sus vacíos…
Acaso se es más uno mismo en la soledad que repartido, dividido, ¿multiplicado?, entre los otros… (No hace mucho, Teresa Berganza y Umberto Eco, cada quien por su lado, coincidieron en que soledad y silencio eran estados, situaciones, condiciones, circunstancias… preferibles y apetecibles para alcanzar la plenitud imposible en el mundanal ruido).
Sin derivar en la misantropía (la otra cara inevitable de la aversión es la simpatía hacia el género humano), el príncipe Osman Celalettin Efendi intuye y comprende que al despojarse de todo y así poder ser él mismo, ese mismo todo que lo incluye han cambiado de significado porque han cambiado los propios significantes. Intuye y comprende que nunca será el potencial sultán que intenta construir antes de serlo… ¿Cómo sería posible una construcción sin suelo o base, sin cimientos, sin paredes, sin un diseño previo; diseño, por cierto, aprendido, inducido, un tanto o un mucho imitado…?
Más que el dedo de Dios, ¿no es el índice del hombre el que toca y señala y nombra cuanto existe? Sin filosofar, sin teologizar, así fuera de manera barata pero no gratuita (gracias, Pamuk), el príncipe cabalmente busca la verdad a la intemperie y despierta, y una cierta trascendencia en su aquí y ahora. El prematuro e intemporal encuentro con la nada.
“…Porque uno se vuelve loco porque quiere sino porque no quiere y lo convierte en un problema…” Mejor la locura que el nihilismo… ¿Qué prefiere, estar muerto o enfermo?
El final provisional de una épica de la inmanencia: “Sólo cuando a uno se le ha agotado ya lo que tenía que contar, cuando oye en su interior el profundo silencio que se produce al callarse todos los recuerdos, los libros, las historias y la memoria, puede ser testigo de cómo se eleva su propia voz, que le hará ser él mismo, desde las profundidades de su espíritu, desde los infinitos y oscuros laberintos de su yo.”
Porque al final, más allá de cualquier lápida, está la palabra como testigo del silencio.