Orhan Pamuk: El libro negro (IV)


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En Las mil y una noches es Sherezade quien ensambla relatos al califa de Bagdad para conservar la vida; en El libro negro son las columnas periodísticas de Celal la columna vertebral que sostiene y alimenta la búsqueda de la esposa evadida – – sin aparentes motivos – – y el encuentro del inmanente pero huidizo “deber ser uno mismo”.

René Leiva


Son artículos – vértebras escritos a lo largo de muchos años donde Celal articula una historiología, una mitología, una antropología, una sociología paralelas y un mucho heterodoxas, del todo polémicas, a y de esa Turquía y ese Estambul que le duelen con lánguido dolor.

    (De los tres personajes “principales”, el único de carne y hueso, verdadero protagonista, que camina y habla o le hacen hablar en presente, es Galip; Rüya y Celal están en el pasado reciente, son referencias, recuerdos, alusiones, el alimento emotivo que tarda en digerirse, materia prima en siempre inconcluso proceso de diseño, elaboración, invención; pero son espíritus que mueven el relato y los pasos que van tras ellos, en pos de su paralela ausencia.)

La tienda de Aladino, frente a la que, al final, morirán baleados “nuestros héroes” furtivos tiene alguna semejanza, más bien mercantil, con la lámpara maravillosa de las noches árabes – persas. Allí Aladino el tendero despacha disparidad de objetos más para alimento del capricho o del gusto o del sentido lúdico que para aplacar necesidades orgánicas: periódicos, revistas extranjeras de mujeres desnudas, muñecas japonesas, cigarreras, medias de nailon, calcomanías, fotonovelas, cosméticos, billetes de lotería, encendedores, brújulas cuya aguja siempre señala a la comisaría…

¿Pero acaso no sueña dormido y despierto quien lo tiene todo – – ¿qué es “tener”, qué es “todo”? – -, porque desear es un verbo que no termina de conjugarse ni con la muerte?

Y por quién sabe qué cordón umbilical afectivo y casi místico, unido a un ancestral genio colectivo, todos los compradores creían que Aladino era el hacedor de las cualidades, atributos, bondades o malogros de los objetos adquiridos, no un intermediario.

Más sorprendente que cuanto vende es la “extraña, incomprensible, incluso terrible” “fauna humana que acude a esta tienda prodigiosa. Porque la realidad también es ficción. La ficción también es realidad. Ambas se complementan, están entrelazadas. Ciencia y filosofía atravesadas por la poesía.