Esta columna semanal tiene hoy crespones de verdadero pesar y dolor intelectual. La muerte de Omar Calabrese, acaecida el 31 de marzo pasado, nos duele a los semiólogos. Nos duele profundamente. El pensador italiano nació en Florencia el 2 de junio de 1940, sucumbió a un ataque de corazón en su casa Monteriggioni, Siena. En realidad, la semiología es la que ha sufrido un ataque, por la partida de uno de sus más grandes exponentes: un semiólogo del arte y el posmodernismo.
Transcribo, un artículo el Diario El País, del 5 de octubre de 1990, tras la aparición de su libro “La era nerrobarroca”, para que puedan apreciar algo de su profundo pensamiento.
«Hoy no hay un Rubens, un Borromini o un Calderón de la Barca; cuando hablo de neobarroco no señalo la existencia de los mismos objetos que en el Barroco», dice el profesor Calabrese. «Es la Historia del Arte tradicional la que busca repeticiones. Me refiero a la forma exterior del gusto». Los ejemplos que cita incluyen la ciencia, la literatura, las artes plásticas y los comportamiento interpersonales. «La elegancia y la galantería surgieron en el siglo XVII. Hoy, compara, «encontramos continuamente en los medios de comunicación, instrucciones, pequeños tratados, para la vida cotidiana». Las actividades de Omar Calabrese, de 41 años, se extienden fuera del terreno académico. Profesor de Semiótica del Arte en la Universidad de Bolonia y director del departamento de Arte y Literatura de la Escuela Internacional de Ciencias Humanas de Palermo, Calabrese dirige la revista especializada Carta semiotiche, y dedica parte de su tiempo al desarrollo de actividades políticas en el Ayuntamiento de Bolonia.
«Soy un aficionado a muchas actividades humanas, un gran curioso de la vida», dice. Esta definición revela el camino que llevó al semiólogo hasta las tesis que recoge en su libro La era neobarroca, la obra que defiende la vigencia en el mundo contemporáneo de una estética similar a la que se generó en Europa hace tres siglos. «Quiero saber cuál es el gusto, saber por qué la gente ama lo que ama», explica Calabrese. «Las estructuras de las obras y los comportamientos de consumo que circulan en la sociedad actual tienen el mismo carácter, ya no hay cánones en la ciencia y el arte, no existe una idea de orden en los diferentes campos de análisis». «Esta situación es producto de una estética», puntualiza, «de un gusto imperante por la fragmentación, el desorden, el caos, que se repite en el arte, en los medios de comunicación, en la literatura, y en los comportamientos sociales.
Calabrese detecta un cambio profundo en la estética de la vida contemporánea. «La poética de las vanguardias de principios de siglo ha sido adoptadas por la gente», señala el semiólogo italiano. «Las propuestas de las vanguardias eran una provocación, pero no una profecía. Hoy la sociedad está «estetizada» debido a la unión del arte y la comunicación de masas. Al mismo tiempo hay elementos de los medios de masas, -como el empleo del vídeo, o las instalaciones- que ingresan en el campo del arte».
El autor entiende que el éxito de La era neobarroca, traducido a cinco idiomas, es fruto del tratamiento de fenómenos banales junto a las grandes manifestaciones artísticas. «La gente quiere saber sobre su gusto. No se dirige a un público universitario sino a un grupo más amplio».
La aplicación de la semiótica a la Historia del Arte contribuye, en opinión de Calabrese, a concebir la disciplina como un análisis de las obras, no como una continuidad de autores. ¡Mis respetos desde Guatemala, profesor Calabrese, mis más sentidas condolencias a la semiología y a los semiotistas del mundo!